
El radicalismo formoseño y su canibalismo suicida
leonardo fernández acosta
El radicalismo formoseño parece empeñado en confirmar que, además de ser oposición testimonial, es su peor enemigo. Mientras Gildo Insfrán celebra la reforma constitucional que lo habilita para eternizarse en el poder con un nuevo “primer mandato reseteado”, la UCR se consume en peleas internas, revanchismos mezquinos y disputas que sólo favorecen al caudillo feudal.
La paradoja es grotesca: el partido que debería encabezar la estrategia judicial contra la cláusula transitoria que blinda a Insfrán no puede ni siquiera acordar qué abogado iba a presentar el escrito ante la Corte Suprema. La discusión no pasaba por la solidez de los argumentos ni por la urgencia institucional, sino por quién paga el costo de viejas rencillas. En esa lógica de serruchar la rama propia, el radicalismo marginó a Juan Montoya, uno de los cerebros jurídicos que el año pasado logró motorizar la inhabilitación de Insfrán antes de que la reforma le regalara aire fresco. El castigo no tiene que ver con su capacidad técnica, sino con su pecado político: haber sido candidato a convencional en la lista de Marcelo Ocampo, bajo el ala de Osvaldo Zárate. Es decir, lo crucifican no por ineficaz, sino por desafiar la interna.
El episodio es todavía más absurdo porque quien avala esa operación es nada menos que su hermano, Miguel Montoya, presidente del Comité Provincial de la UCR. En lugar de primar la cordura y reforzar la defensa institucional, el jefe radical prefiere alimentar la hoguera interna, avalando el desplazamiento de su propio hermano del equipo jurídico.
La consecuencia está a la vista: la diputada Agostina Villaggi, aparece de manera urgente antes de que los rumores le quiten valor a la presentación con nuevos referentes ante la Corte Suprema
La UCR confirma así su tragedia: cuando más se necesita firmeza institucional, exhibe amateurismo, mezquindad y desorientación. La Convención Constituyente ya mostró el papelón de convencionales improvisados, sin preparación, que apenas pudieron resistir con dignidad los atropellos del gildismo. Ahora, con el partido frente a una batalla decisiva en la Corte, eligen dividirse, desplazar a los que piensan y privilegiar la chicana interna.
Mientras Villaggi improvisa declaraciones, Insfrán sonríe, celebra su reforma, acomoda a su tropa y se prepara para un noveno mandato. La UCR, en cambio, se autodestruye. Y lo hace con una prolijidad envidiable: no necesita que el oficialismo la divida, ya encontró en su propio canibalismo la mejor herramienta para seguir condenando a Formosa a la eternidad del feudo.


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