Insfrán y el fin del "oro blanco": cómo tres décadas de poder coincidieron con la desaparición del pequeño productor formoseño

Mientras Gildo Insfrán acumula casi treinta años al frente de la provincia, miles de familias que vivían del algodón fueron abandonando sus chacras. La historia de Zenón Cano, que hoy habla en pasado al decir "fuimos productores agrícolas", retrata el ocaso de una economía que alguna vez sostuvo al interior de Formosa.
22/07/2026leonardo fernández acostaleonardo fernández acosta

Hay una frase que duele más que cualquier estadística. No necesita porcentajes, ni cuadros comparativos, ni informes oficiales. Basta escucharla.

"Fuimos productores agrícolas".

Así habla hoy Zenón Cano, un hombre de Colonia El Alba, a pocos kilómetros de El Colorado, que pasó de sembrar algodón a criar ganado. Pero esa frase no habla solamente de él. Habla de miles de familias formoseñas cuya historia quedó atrapada entre el esplendor del algodón y las casi tres décadas del gobierno de Gildo Insfrán.

Porque mientras Insfrán acumula mandatos desde 1995, varias generaciones de pequeños productores fueron viendo desaparecer la actividad que había construido pueblos enteros.

La historia comienza mucho antes.

A fines de los años cuarenta, cuando Formosa todavía era Territorio Nacional, los padres de Zenón llegaron desde Corrientes atraídos por una promesa que parecía cierta: el "oro blanco". La Junta Nacional del Algodón entregaba semillas, financiaba la producción y acompañaba al pequeño agricultor.

No hacía falta ser rico.

Con diez hectáreas se criaban hijos, se levantaba una casa, se compraba una camioneta usada y hasta quedaba dinero ahorrado para la próxima campaña.

El algodón era trabajo, sacrificio y movilidad social.

Toda la familia participaba. Se carpía a mano, se cosechaba a mano, se cargaban las bolsas sobre los hombros y el esfuerzo encontraba recompensa.

En aquellos años el sudeste formoseño era una potencia algodonera.

El Colorado, Villa Dos Trece, El Alba y toda la costa del Bermejo respiraban algodón.

Las cooperativas funcionaban como verdaderos bancos rurales. Prestaban dinero, entregaban semillas, financiaban combustible y acompañaban técnicamente al productor.

Había alrededor de mil socios.

Había confianza.

Había futuro.

Incluso compradores internacionales llegaban hasta Formosa para buscar una fibra considerada entre las mejores del mundo.

Ese era el campo que heredó la democracia.

Y ese era el campo que todavía existía cuando Gildo Insfrán llegó al poder el 10 de diciembre de 1995.

El primer Insfrán: las esperanzas

Durante los primeros años de gobierno todavía quedaban miles de pequeños productores sosteniendo la economía regional.

La crisis todavía no había mostrado toda su dimensión.

Las chacras seguían produciendo.

Las cooperativas resistían.

El algodón seguía siendo el eje económico de buena parte del interior.

Pero el mundo empezaba a cambiar.

La mecanización avanzaba.

Los herbicidas reducían la necesidad de mano de obra.

Los costos crecían.

Los pequeños productores comenzaban a perder competitividad frente a los grandes establecimientos.

Era el momento en que el Estado provincial debía decidir si iba a proteger al pequeño chacarero o dejar que el mercado resolviera solo la transición.

El segundo Insfrán: el comienzo del abandono

Mientras la política provincial consolidaba un poder cada vez más centralizado, las chacras empezaban a vaciarse.

Los hijos ya no querían quedarse.

Muchos emigraban a Formosa capital.

Otros buscaban trabajo en Chaco, Santa Fe o Buenos Aires.

El algodón comenzaba a dejar de ser un proyecto de vida.

Las cooperativas perdían fuerza.

Las hectáreas sembradas empezaban a caer.

Los pequeños productores ya no podían comprar maquinaria ni competir con los nuevos sistemas productivos.

La frase de Zenón resume ese momento.

"El chico empezó a renegar, no le daban los números."

No fue un fenómeno exclusivamente formoseño.

Pero en Formosa la desaparición del pequeño productor tuvo una profundidad que modificó la estructura social del interior.

El tercer Insfrán: los pueblos que cambiaron para siempre

Mientras el gobierno provincial hablaba del "Modelo Formoseño", el paisaje rural ya era otro.

Los algodonales desaparecían.

Las desmotadoras cerraban.

Los comercios vendían menos.

Las cooperativas dejaban de cumplir el rol que habían tenido durante décadas.

Muchos chacareros alquilaron sus tierras.

Otros las vendieron.

Otros simplemente dejaron de producir.

Las estadísticas son contundentes.

De más de cien mil hectáreas sembradas de algodón en los años setenta, hoy quedan menos de cinco mil.

No desapareció solamente un cultivo.

Desapareció una cultura.

El cuarto, quinto, sexto y séptimo mandato: sobrevivir

Los que pudieron reinventarse encontraron una salida en la ganadería.

No porque fuera un sueño.

Porque era la única alternativa económicamente viable.

Con apoyo técnico del INTA y algunos programas provinciales comenzaron a implantarse pasturas, mejorar genética y producir terneros.

Zenón Cano es uno de ellos.

Hoy tiene un rodeo Braford.

Produce carne donde antes producía algodón.

Reconoce que la ganadería deja mejores márgenes.

Que los riesgos climáticos son menores.

Que los costos son más previsibles.

Pero nunca dice que sea mejor.

Dice otra cosa.

Dice que fue una adaptación.

Una manera de seguir viviendo en el campo.

No la continuidad de una historia.

Sino el final de otra.

Veintinueve años después

Mientras Gildo Insfrán se convirtió en el gobernador con mayor permanencia en el poder de la Argentina, miles de pequeños productores dejaron de existir como tales.

Algunos sobrevivieron cambiando de actividad.

Muchos abandonaron definitivamente el campo.

Otros envejecieron viendo cómo sus hijos ya no querían repetir la historia familiar.

La frase de Zenón vuelve una y otra vez.

"Fuimos productores agrícolas."

No dice "soy".

No dice "seguimos siendo".

Habla en pasado.

Y cuando un productor cambia el tiempo verbal para referirse a toda una forma de vida, es porque algo mucho más profundo que un cultivo se perdió.

No se trata de discutir si la mecanización era inevitable.

Lo era.

No se trata de negar que la ganadería haya abierto nuevas oportunidades.

También es cierto.

La pregunta que queda flotando después de casi treinta años de un mismo gobierno es otra.

¿Qué hizo el Estado provincial para que decenas de miles de pequeños productores no desaparecieran?

¿Qué políticas transformaron realmente esa crisis?

¿Qué pasó con las cooperativas?

¿Qué ocurrió con la economía regional que alguna vez hizo del algodón el motor del sudeste formoseño?

Porque detrás de cada hectárea que dejó de sembrarse hubo una familia.

Detrás de cada chacra abandonada hubo un hijo que emigró.

Detrás de cada cooperativa vaciada hubo un pueblo que perdió movimiento económico.

Y detrás de la frase "fuimos productores agrícolas" hay una generación completa que vio desaparecer el trabajo que durante décadas le dio identidad a Formosa.

La ganadería les permitió quedarse.

Pero el algodón les había permitido soñar.

Fuente: Bichos del campo

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