
“El muerto vivo”: humor negro, impunidad y cinismo en una provincia sitiada por el miedo
leonardo fernández acosta
Cuando en política el poder se vuelve intocable, sus representantes ya ni se esfuerzan en disimular el cinismo. Este jueves, en la inauguración del Centro Comunitario del barrio La Nueva Formosa, dos viejos conocidos del poder posaron para la foto: Carlos Hugo Insfrán, hermano del gobernador y diputado desde que muchos formoseños no habían nacido, y Jorge González, el ministro que en la pandemia se convirtió en el rostro visible de los abusos policiales, las violaciones a los derechos humanos y la censura mediática.
Hasta ahí, nada nuevo: dos funcionarios eternos en un acto armado con recursos del Estado, promocionando con sonrisas lo que siempre se inaugura en Formosa con fines electorales. Pero el detalle que disparó indignación fue el epígrafe con tono de colegiales en recreo: “Siempre es una alegría encontrarse con amigos”, escribió González, como si fuera un influencer de barrio. A eso se le sumó una elección musical que no puede tomarse como ingenua: la canción que sonaba era “El muerto vivo”, del grupo Chipen. Sí, una canción de tono humorístico usada de fondo para una foto de campaña.
¿Chiste interno? ¿Burla? ¿Mensaje cifrado? Más que una broma, fue un grotesco acto de provocación. Porque mientras estos funcionarios celebraban como si nada, en la provincia aún se desconocen los detalles oficiales sobre el caso de la jueza de paz de General Belgrano, quien fue “asistida” en un operativo desproporcionado por fuerzas policiales, forenses y hasta una jueza de instrucción. Todo bajo un inaceptable manto de silencio, sin partes médicos públicos, sin confirmaciones institucionales, y con vecinos atemorizados que no se animan a hablar.
En ese contexto, el "humor negro" de González y compañía deja de ser una torpeza para convertirse en una bofetada al sentido común y a la empatía. Detrás de esa foto hay una persona internada por razones de salud, una causa judicial oscura y una ciudadanía que aún recuerda con pavor los excesos cometidos durante la pandemia. Como frutilla del postre, la policía, que él comanda, decidió amenazar al periodismo con acciones judiciales con uno de sus comisarios más torpes para las relaciones institucionales, como si informar fuera un delito y no una obligación democrática.
El gildismo no solo se aferra al poder: lo exhibe como un trofeo de impunidad. Y lo hace bailando sobre las heridas que no cierran, con ironías que, lejos de resultar graciosas, exponen la profundidad de la descomposición institucional. Si algo demuestra esta secuencia es que en Formosa no se gobierna con responsabilidad, sino con escarnio. La única música que suena es la del descrédito, y hace rato que suena a todo volumen.


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