
El Colorado: papá gobierna, mamá legisla, los hijos facturan y ahora les ponen sus nombres a obras públicas
leonardo fernández acostaQue en El Colorado mande un apellido no es novedad. Que ese apellido se haya convertido en sinónimo de municipio, tampoco. La novedad, si es que cabe llamarla así, es la velocidad con la que el poder familiar de los Brignole pasa del homenaje autoconcedido a la represalia directa. Y la clausura del comercio de Horacio "Peko" Zieseniss, apenas horas después de que se atreviera a denunciar el "nepotismo obsceno" que gobierna la ciudad, no es una casualidad: es una advertencia con olor a castigo ejemplar.
Porque en El Colorado ya no se debate, se clausura. No se critica, se persigue. Y no se gobierna, se administra el poder como un feudo: con la familia en los cargos, los amigos en los contratos y los disidentes en la mira.
El detonante fue, una vez más, un acto de soberbia institucional disfrazado de homenaje. Bautizar el Parque Acuático municipal con el nombre de Clara G. Doroñuc, esposa del intendente y diputada provincial, no fue un gesto de gratitud popular, sino una provocación con nombre y apellido. Una forma de decir: "Esto es nuestro, y lo vamos a poner en la puerta de entrada para que no se olviden".
Y Zieseniss no se calló. Dijo lo que muchos susurran en las esquinas, en las colas del supermercado, en la vergüenza de admitir que viven en una ciudad donde la política se volvió un asunto de familia. Dijo que hay un "nepotismo obsceno". Y la respuesta del poder fue inmediata, quirúrgica y brutal: inspectores, multas, clausura.
Acá no hay casualidades, porque el aparato municipal no actuó por un exceso de celo regulatorio. Actuó como lo que es: una maquinaria de disciplinamiento político. Si te portás mal, si hablás de más, si señalás que los hijos del intendente son concejales y también empresarios de la obra pública, te clausuran. No para que pagues una multa, sino para que aprendas. Y para que los demás también aprendan.
El mensaje es claro: en El Colorado, el que critica, paga. Y el que paga, no vuelve a hablar. Pero el problema no es solo la represalia. Es lo que la hace posible: un sistema político que lleva 27 años naturalizando la confusión entre lo público y lo privado, entre el Estado y la familia, entre la gestión y el negocio.
Porque en El Colorado, el intendente gobierna, su esposa legisla, sus hijos deliberan y, al mismo tiempo, facturan. Las mismas manos que firman decretos son las que suscriben contratos. El mismo árbol genealógico que decide el destino de la ciudad es el que cobra por ejecutarlo. Y todo, claro, con dinero de todos.
No es corrupción en el sentido clásico del sobre y la coima. Es algo peor: es la institucionalización del nepotismo. Es la conversión del Estado en una empresa familiar con personería jurídica y recursos públicos. Es la cooptación total de la política por un clan que ya no necesita esconderse, porque ya nadie parece capaz de frenarlo.
La Libertad Avanza Formosa salió a respaldar al comerciante clausurado, y está bien. Pero el problema de El Colorado no se resuelve con un comunicado. No alcanza con señalar el abuso puntual si no se denuncia la estructura que lo hace posible. Porque mientras los Brignole sigan teniendo la llave de la clausura, el micrófono de la ordenanza y la lapicera del contrato, cualquier crítica será un riesgo, cualquier opositor un enemigo, y cualquier disenso una herejía.
El Colorado necesita más que solidaridad. Necesita que alguien, alguna vez, se anime a clausurar el feudo.


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