
Escándalo y blindaje en la Legislatura: entre insultos y gritos, el gildismo se apoderó de los organismos de control de jueces
leonardo fernández acostaLa Legislatura de Formosa ya ni siquiera intenta disimular. Lo que ocurrió este jueves no fue una sesión parlamentaria: fue un circo violento, degradado y obsceno, donde el gildismo mostró su rostro más brutal, patotero y decadente. Mientras una provincia entera exige explicaciones por el escándalo del intendente Antonio Caldera, el jefe comunal que terminó incrustando una camioneta contra una vivienda en Ingeniero Juárez en medio de sospechas de alcohol y privilegios, el oficialismo convirtió la Cámara de Diputados en una unidad básica descontrolada, a puro insulto, grito y apriete.
El nivel de descomposición política fue tan grotesco que cuesta encontrar antecedentes recientes. El diputado oficialista Rodrigo Vera perdió completamente el control y le gritó “falopero” e “hijo de puta” al legislador opositor Esteban López Tozzi en pleno recinto. No fue un exabrupto aislado: fue la demostración perfecta de cómo el gildismo responde cuando alguien toca temas incómodos. Porque López Tozzi había osado mencionar la masacre de Rincón Bomba y cuestionar el relato selectivo de memoria que utiliza el oficialismo.
Pero la degradación no terminó ahí. Agustín Samaniego también entró en la escalada de agresiones y le gritó a López Tozzi que era “un muerto de hambre” y que “se creía gorila”, en una escena más propia de una pelea callejera que de un parlamento provincial. La respuesta del opositor terminó exponiendo otra fibra sensible del poder formoseño: “El desclasado sos vos, que llegaste en bicicleta a la política. Éramos vecinos”, le retrucó López Tozzi delante de todos, dejando al descubierto el nivel de violencia y resentimiento que domina hoy al oficialismo.
Ahí apareció el verdadero ADN del poder formoseño: intolerancia, agresión y violencia política.
Vera y Samaniego no estuvieron solos. Otros diputados gildistas se sumaron al griterío, las interrupciones y las provocaciones, convertidos en una auténtica barra brava legislativa incapaz de sostener un debate sin caer en el apriete verbal. El escándalo fue tan vergonzoso que hubo momentos de tensión real dentro del recinto, con temor a que la situación escalara físicamente.
Y en medio de semejante bochorno institucional, otra postal terminó de desnudar el desastre: la diputada Estela del Carmen Escobar lanzando, junto al diputado gildista, Rafael Navas, insultos a los gritos en plena sesión. Sí, así funciona hoy la Legislatura formoseña: insultos, agravios, gestos obscenos y patoterismo mientras la provincia se hunde entre pobreza, impunidad y miedo.
Todo esto ocurrió ante la presencia fantasmal del vicegobernador Eber Solís, presidente nato de la Cámara, que permaneció prácticamente pintado al óleo mientras el recinto explotaba. No ordenó, no frenó, no llamó al respeto, no puso límites. Absolutamente nada. La sesión se le fue de las manos o, peor aún, jamás tuvo intención de conducirla. El silencio cómplice de Solís terminó siendo otra pieza del mismo mecanismo de impunidad política.
Porque el objetivo central del gildismo era clarísimo: tapar el caso Caldera a cualquier precio.
No querían hablar del intendente que protagonizó un episodio escandaloso con una Toyota SW4. No querían discutir por qué no hubo alcotest. No querían explicar por qué la Policía y la Justicia actuaron con una velocidad distinta a la que sufriría cualquier ciudadano común. No querían que se hablara de privilegios, protección política ni encubrimiento.
Entonces hicieron lo único que saben hacer cuando el poder se siente amenazado: convertir el debate público en una cloaca.
Mientras tanto, en un acto de desconexión absoluta con la realidad, el oficialismo dedicó tiempo a aprobar declaraciones de interés legislativo sobre un congreso internacional de Pilates, festividades religiosas y otras formalidades irrelevantes para una provincia devastada por problemas estructurales, rutas destruidas, inundaciones, pobreza y falta de transparencia institucional.
La escena fue tragicómica: afuera hay inseguridad, corrupción y sospechas de impunidad; adentro discuten Pilates.
Y como si faltara algo para completar la degradación institucional, el gildismo aprovechó la misma jornada para blindar aún más su control político sobre la Justicia, asegurándose lugares estratégicos en el Consejo de la Magistratura y el Jurado de Enjuiciamiento. Todo queda en familia. Todo queda bajo control. Todo queda dentro del mismo sistema que hace décadas garantiza obediencia al poder.
Lo ocurrido en la Legislatura no fue un accidente ni un desborde ocasional. Fue una radiografía brutal del modelo político formoseño: un oficialismo incapaz de tolerar preguntas, agresivo frente a las críticas y desesperado por proteger a los propios.
Ya ni siquiera intentan parecer institucionales.
Gritan “hijo de puta”, “falopero”, “muerto de hambre”, hacen gestos obscenos, bloquean debates incómodos y convierten la Cámara de Diputados en una caricatura autoritaria mientras los verdaderos problemas de los formoseños quedan enterrados bajo el ruido de la impunidad.


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