
Cuando un presidente finalmente aprende a retroceder: del festejo de la condena al reconocimiento de un límite
leonardo fernández acosta
Hay momentos en que el cambio de un político no se mide por lo que dice de nuevo, sino por lo que finalmente retira.
Hace unos días, cuando el juez de Formosa condenó a cinco días de arresto a un equipo de periodistas del diario La Nación por publicar un informe sobre la pobreza, la primera reacción del presidente Javier Milei fue burlarse. Escribió en redes: "Tiro por la culata. Aquí el modelo por el que las basuras inmundas con micrófono suspiran a diario". Lo veía como un golpe más contra "los corruptos de la alta política y sus amiguitos golpistas".
Pero en el reportaje con Luis Majul, el presidente cambió su postura. Reconoció que él no mandaría a la cárcel a periodistas por hacer su trabajo, que eso es lo que hace Formosa, lo que hace Gildo Insfrán, no él. Ese retroceso, más que cualquier tuit encendido, merece atención.
Porque cuando un presidente finalmente se anima a decir "yo no haría eso", está admitiendo que existe una línea. Y cruzar esa línea ya no es solo lucha política, sino otra cosa.
La línea en Formosa es clara. Un juez que alguna vez fue concejal peronista condenó a cuatro periodistas a cinco días de arresto o a pagar más de 200.000 pesos de multa. ¿El motivo? Haber entrado "sin autorización" a una comunidad aborigen y no tener "credencial identificatoria de periodista". En Argentina, el ejercicio del periodismo no requiere una licencia estatal; eso es de sentido común. ADEPA y FOPEA lo dijeron. Pero el sentido común, bajo el gobierno de Insfrán, nunca fue el estándar.
El tuit anterior del presidente ignoró todo eso. Eligió ponerse del lado de Insfrán, usando palabras como "basuras inmundas" para atacar a quienes solo fueron a registrar la miseria: comunidades sin agua, sin techo, con comedores que pasaron de atender a 50 personas a 120, con atención médica esporádica cada vez que un funcionario iba a hacer campaña.
Ese tuit fue un momento desalentador: un autodenominado liberal que, frente a una máquina provincial de persecución judicial contra la prensa, optó por sumarse a la burla.
Pero a veces retroceder es en sí mismo una corrección de la información. En la entrevista con Majul, Milei trazó una frontera: encarcelar periodistas no es su herramienta. Esto importa porque, en una región donde las democracias se degradan, que un presidente acepte públicamente "yo no haría eso" es un ancla. No borra el tuit anterior, pero reajusta un punto de referencia: incluso en la confrontación política más dura, algunos instrumentos quedan fuera de la mesa.
Quienes lo apoyan en lo económico dirán que es solo un gesto. Tal vez. Pero los gestos en política nunca son menores. Cuando un presidente se ve obligado a responder y corregir, significa que la presión pública funcionó, que las voces de repudio fueron escuchadas, que la frase "yo no haría eso" se convierte en una promesa que puede citarse y exigirse.
Los periodistas de Formosa todavía enfrentan la condena. La máquina de Insfrán sigue funcionando. Pero en Buenos Aires, el presidente finalmente reconoció un límite y ese límite es, precisamente, el que Formosa viola todos los días. Es un alivio, no porque Milei se haya convertido de golpe en defensor de la libertad de prensa, sino porque finalmente admite que hay cosas que ni un presidente debería festejar.


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