
El precio de la traición: la jugada solitaria de Esteban Servín en la Convención Constituyente
leonardo fernández acosta
En su décima sesión, la Convención Constituyente avanzó con una de las reformas más discutidas desde que se declaró la necesidad de modificar la Carta Magna provincial: la incorporación de los derechos de cuarta generación y la consagración constitucional del Tribunal Electoral Permanente. Fue una jornada cargada de tensiones políticas, discusiones técnicas y jugadas personales que dejaron al descubierto, una vez más, que la política formoseña se escribe entre bastidores tanto como en el recinto.
El episodio más ruidoso fue, sin dudas, la breve irrupción de Beatriz Chaparro como convencional suplente en reemplazo de Gabriela Neme. Apenas asumió, presentó un proyecto vinculado al sistema sanitario provincial y exigió su tratamiento sobre tablas. Ante la negativa, anunció su renuncia fulminante, justificando su gesto en la necesidad de defender a los trabajadores del sector salud. Una irrupción efímera pero simbólica: la impotencia de quienes llegan a la convención con convicciones y chocan de frente contra la maquinaria oficialista y sus mayorías disciplinadas.
Pero la escena que marcará un antes y un después no fue la de Chaparro, sino la de Esteban Servín. El hasta ayer aliado de Nuevo País se desmarcó sin pudor y formalizó su bloque unipersonal, usurpando el nombre de la alianza que lo llevó a ese lugar La decisión no sorprendió del todo —los rumores ya circulaban y algunos lo anticipaban como inminente—, pero el gesto de cortar amarras con Gabriela Neme y con la militancia que lo sostuvo cayó como un mazazo entre quienes lo habían acompañado. Fue la confirmación de una traición largamente incubada.
Porque Servín no se limitó a distanciarse: repitió el libreto ya conocido de otros opositores que terminaron cooptados por el oficialismo. Como Gerardo González en su momento, decidió “negociar por sí mismo”, habilitando un canal directo con el poder que gobierna la convención y la provincia. La estrategia es vieja y transparente: el oficialismo abre la billetera de promesas, privilegios y expectativas de futuro; el opositor díscolo recibe beneficios inmediatos y, a cambio, entrega el capital político de su representación. Servín eligió ese camino, sacrificando la confianza de la militancia y dinamitando la unidad de Nuevo País en plena convención.
El resultado es que, mientras se aprobaban modificaciones de peso —como los cambios en los artículos 69, 70, 100, 101 y 171, además de la incorporación de seis nuevos artículos que tocan desde la justicia oral hasta la inteligencia artificial—, lo que más resonó fue la ruptura de Servín. Y no es casual: detrás de cada reforma constitucional late la pregunta de quién negocia, quién se alinea y quién se vende.
El oficialismo celebró la ampliación de fueros, la progresiva oralidad en los procesos judiciales y la gratuidad de trámites para los sectores más vulnerables. También consolidó su control institucional con la creación constitucional del Tribunal Electoral Permanente, integrado por tres miembros con rango de jueces de Cámara, designados a propuesta del Ejecutivo. En paralelo, se desplegaron artículos de avanzada en ciencia, tecnología e innovación: derechos digitales, conectividad garantizada, impulso a la inteligencia artificial, biotecnología y nanotecnología, todo bajo un ropaje de modernidad que convive con una estructura política que sigue reproduciendo lógicas de control y verticalismo.
Mientras tanto, opositores como Fabián Firman cuestionaron los textos con la vehemencia de siempre, llegando incluso a calificar la nueva Constitución como “comunista” por la terminología utilizada en torno a la apropiación social del conocimiento. Pero la voz de la oposición quedó aún más debilitada por la fractura que provocó Servín.
Lo suyo no fue un gesto aislado: fue una operación política de alto impacto, la confirmación de que el oficialismo tiene la capacidad de tentar, dividir y absorber incluso a quienes llegaron con discursos de renovación. El nacimiento de su monobloque de conveniencia no es un acto de libertad, sino un certificado de claudicación. La traición de Servín no solo deja herida a Gabriela Neme y a Nuevo País, sino que le da al gobierno una herramienta más para fragmentar la resistencia en la convención.
La política formoseña tiene memoria. Y así como algunos nombres quedaron asociados para siempre a la docilidad funcional al poder, el de Esteban Servín acaba de inscribirse en esa lista. La historia juzgará si su apuesta personal le rinde frutos, pero la militancia ya lo condenó: eligió el camino fácil, el de los acuerdos a puertas cerradas, y traicionó a quienes lo llevaron hasta allí.
En una convención que discute el futuro de la provincia, Servín decidió discutir solo el suyo.


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