
Gildistas reciclados, micros “all inclusive” y el Milei rockstar que volvió a perder el eje
leonardo fernández acosta
Cuando algo no cierra, no cierra. Y si hay algo que no tiene anclaje con la coherencia, salvo que el tiempo demuestre lo contrario, es La Libertad Avanza en Formosa. Un rejunte improbable de partidos opositores mezclados con gildistas reciclados, que hasta hace poco se beneficiaban de las mieles del poder y hoy se disfrazan de libertarios para la foto. Resulta difícil no notar la contradicción: millonarios del modelo formoseño, formados a la sombra del régimen, hoy posando en redes como una mancha violeta al grito impostado de “¡Viva la libertad, carajo!”.
Mientras tanto, algunos de esos mismos militantes del gildismo se subían entusiasmados a los micros que los trasladaban “all inclusive” al Movistar Arena, convertidos por un día en “fans” del presidente libertario. El espectáculo fue impactante: un estadio repleto de peronistas vestidos de libertarios, traídos de distintas partes del país para aplaudir a Javier Milei como si fuera un ídolo pop.
Muchos todavía conservamos cierta nostalgia por aquellos tiempos en que el liberalismo era sinónimo de coherencia y reflexión, no de oportunismo y conveniencia. Pero aun así, buena parte del país desea que a Milei le vaya bien —porque si él fracasa, la alternativa es el regreso de los forajidos K—. Sin embargo, lo que se vio en ese microestadio no fue un acto político: fue un espectáculo de culto personal, una puesta en escena donde la libertad se transformó en coreografía y el liderazgo, en un recital de egos.
Más allá de los pronósticos favorables que señalan que Milei podría mejorar su desempeño electoral, ese estadio lleno de militantes acarreados no debería volverlo a sumir en el fanatismo absoluto que lo debilitó. Porque Milei puede ser un tipo excéntrico, pero no puede ser un presidente excéntrico. Esa diferencia es esencial y empieza a preocupar incluso a quienes lo votaron esperando un cambio de rumbo, no un show itinerante. Su frustrada vocación de estrella de rock puede servirle para romper moldes, pero no para gobernar una Nación que exige seriedad y resultados, no guitarras eléctricas y cánticos desafinados.
El presidente debe entender que ya no está en campaña. Que su desafío no pasa por recuperar al público joven que vibra con sus discursos de furia antisistema, sino por recuperar la confianza de sus aliados políticos, a los que despreció en los últimos meses, y sobre todo la de la clase media, la que puede volver a darle un cheque en blanco… o retirárselo para siempre.
Porque sí, ya estamos hartos de los Grabois de la vida, de la demagogia barata y del discurso resentido. Pero también estamos hartos de los “Gordo Dan”, de las Karina Milei y de esos triángulos de poder inexpertos que manejan decisiones de Estado como si estuvieran jugando a la PlayStation. No hay república que resista una conducción que confunde el timón con una guitarra eléctrica.
Hay que avanzar por fuera del microestadio, porque el país no se gobierna desde un escenario con luces violetas ni desde un camarín rodeado de fans. El show puede servir para el marketing, pero no para sostener la institucionalidad.
Sí, Milei logró frenar la inflación y mejorar algunos indicadores, y eso no es poco. Pero lo hizo a costa del sacrificio de millones de argentinos que todavía no terminan de digerir la recesión, la pérdida del poder adquisitivo y el deterioro de la vida cotidiana. Ver a ese mismo presidente cantando, bailando y arengando frente a una tribuna de fanáticos es, cuanto menos, una falta de empatía.
El país necesita un conductor, no un frontman. Y si el milagro libertario quiere sobrevivir a su propio ego, deberá empezar por entender que la libertad no se grita: se gobierna.


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