
Panqueque a la carta: se ordena La Libertad Avanza en el Concejo y Saavedra reafirma su feróz pirueta al gildismo
leonardo fernández acosta
La reciente reconfiguración del tablero político en el Concejo Deliberante de la ciudad de Formosa dejó algo más que cargos en disputa: expuso con crudeza quiénes sostienen convicciones y quiénes negocian conveniencias.
Por un lado, el bloque de La Libertad Avanza ratificó su conformación interna y su decisión de consolidarse como fuerza opositora orgánica dentro del recinto. La confirmación del espacio integrado por Mattia Cánepa Neme, Patricio Guillermo Evans y Romero DePreto no es un dato menor: implica la institucionalización de una minoría con identidad definida, con discurso propio y con ambición de disputar poder real. La postulación de Evans para la Vicepresidencia Segunda no es solo un movimiento reglamentario; es un mensaje político. Es la señal de que el espacio pretende dejar de ser testimonial para convertirse en actor decisivo dentro de la dinámica legislativa local.
Ese posicionamiento se inscribe además en una narrativa mayor, alineada con el proyecto nacional encabezado por Javier Milei, al que el bloque reivindica como motor de transformaciones estructurales. También se inscribe en una articulación territorial que busca respaldo en figuras como Atilio Basualdo, presentado como referencia parlamentaria de las llamadas “ideas de la libertad”. En síntesis: hay una estrategia, hay un relato y hay voluntad de consolidación.
Pero toda construcción política se define también por sus rupturas. Y allí aparece el episodio que desnuda la otra cara de la jornada: la decisión de Ramiro Saavedra de sellar su alineamiento con el oficialismo provincial. Su voto afirmativo junto al PJ para sostener su lugar en la Vicepresidencia Segunda y su exclusión del bloque libertario (le duró poco la pureza rentada) no fue un gesto técnico ni administrativo. Fue un movimiento político en estado puro. Una elección. Y como toda elección en política, tiene significado.

Porque lo que se vio no fue una simple diferencia interna ni un desacuerdo estratégico. Lo que se vio fue la confirmación de una práctica tan vieja como persistente en la política local: la elasticidad ideológica al servicio de la supervivencia personal. La clásica panquequeada, sin eufemismos.
El gesto lo ubica, sin demasiadas vueltas, dentro de la órbita del poder provincial que conduce Gildo Insfrán, ese sistema político que en Formosa funciona con lógica gravitacional: todo termina orbitando alrededor del centro de poder.
La secuencia es clara. Mientras un sector intenta consolidar identidad opositora, otro opta por asegurar posición institucional aun al costo de abandonar el espacio político que lo proyectó. No es solo una decisión personal; es un síntoma estructural de cómo opera el poder real en la provincia.
En ese contraste está el verdadero significado de lo ocurrido en el Concejo. No se trata únicamente de quién ocupa una vicepresidencia, sino de qué representa cada lugar. De un lado, la construcción de un bloque que busca legitimarse como alternativa. Del otro, la confirmación de que el oficialismo sigue absorbiendo, integrando o neutralizando a quienes prefieren la estabilidad del cargo antes que la incomodidad de la oposición.
La política formoseña volvió a ofrecer su escena más conocida: la tensión entre convicción y conveniencia. Entre identidad y adaptación. Entre proyecto y supervivencia.


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