
Más que Stalin, más que Mao, más que la vergüenza

En la provincia de Formosa, los almanaques cambian, las generaciones se suceden, las crisis se repiten, pero hay una constante: Gildo Insfrán sigue siendo gobernador. Desde 1995, cuando Carlos Menem hacía surf sobre la convertibilidad y la Argentina aún creía en la globalización, el hombre fuerte del PJ local acumula elecciones ganadas con porcentajes soviéticos y poder concentrado con disciplina verticalista. No hay metáfora exagerada que no se haya usado: patrón de estancia, monarca litoraleño, caudillo feudal, líder supremo del norte argentino. Pero quizá haya que empezar a tomarlo más literal: más tiempo en el poder que Stalin no es un chiste. Es un dato.
Según una columna del diario Época de Corrientes, los 30 años de permanencia ininterrumpida de Insfrán lo colocan por encima del mismísimo Iósif Stalin, que sólo condujo la URSS por 29 años. En la misma tabla figuran nombres como Daniel Ortega, Paul Kagame, Mao Zedong o Vladímir Putin. ¿Es Formosa la nueva Pyongyang subtropical? No tanto, dirán algunos: acá se vota. Claro, pero se vota siempre lo mismo, y con la misma maquinaria aceitada desde hace décadas. El problema no es la urna, sino lo que se le ofrece al votante: un menú único, servido con clientelismo, miedo y dependencia.
La lista de reelecciones es tan extensa como escandalosa: 1999, 2003, 2007, 2011, 2015, 2019 y 2023. Siete mandatos consecutivos. ¿Cómo se logra semejante proeza en democracia? Simple: se reforma la Constitución (como se hizo en 2003), se disciplina la Legislatura (con mayoría automática), se controla el Poder Judicial (que nunca molesta), y se maneja la economía provincial con una billetera que llega directo de Nación: más del 84% de los recursos formoseños provienen de la coparticipación federal. Un régimen blindado por el subdesarrollo inducido.
Y no se trata solo de eternidad en el cargo: también hay que hablar de hegemonía cultural. En Formosa, la política es religión y Gildo, su profeta. Desde 1983, el PJ gobierna sin alternancia. Insfrán fue vice de Joga y luego se convirtió en su heredero (y verdugo). El aparato peronista provincial no cambia ni cuando cambia el país. Mientras en Buenos Aires se alternan kirchneristas, macristas o libertarios, en Formosa el tiempo político quedó congelado.
Hoy, con 73 años, Insfrán es el gobernador más longevo en funciones de Argentina y uno de los líderes más veteranos del continente. Su figura envejece, pero su poder no. La juventud formoseña creció, se educó y emigró sin conocer otro nombre al frente del Ejecutivo. Las instituciones se degradan en su sombra, y la oposición, cuando logra aparecer, es sistemáticamente demonizada, perseguida o ridiculizada.
Lo que queda, entonces, no es democracia sino gildocracia: un régimen donde la voluntad popular está condicionada, el pluralismo es decorativo y el Estado es propiedad privada del que manda. Y como si fuera poco, con cada nueva elección, se vuelve a anunciar “el respaldo del pueblo formoseño” como si se tratara de una consagración mística, inapelable.
Nadie sabe hasta cuando se quedará. Insfrán no ha insinuado nunca una jubilación. No hay sucesores a la vista, ni disensos internos que hagan pensar en recambio. Como los monarcas de antaño, el único final previsible parece ser el biológico. Mientras tanto, el récord se acumula. Y con él, también la resignación.


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