
Primero vinieron por los pobres… ahora por los suyos
leonardo fernández acosta
Primero vinieron por los pobres…
“Primero vinieron por los socialistas, y no dije nada porque yo no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí.”
— Martin Niemöller
En Formosa, donde la propiedad privada no vale nada y el Estado es dueño de todo —incluso de la dignidad—, el poema de Niemöller no es un recuerdo del pasado sino una advertencia viva. La tierra chavista del feudo de Gildo Insfrán sigue demostrando que ningún derecho está a salvo cuando el poder decide apropiarse de lo ajeno.
Esta vez, el atropello no fue contra un opositor ni contra un campesino sin apellido conocido. Fue contra la madre de Hugo Soto, periodista militante del modelo, defensor de esa maquinaria que hoy lo despoja. La mujer, viuda y de 79 años, quedó prácticamente en la calle por una maniobra que combina abuso de poder, simulación de ventas y una justicia domesticada que hace equilibrio entre la obediencia y la vergüenza.
Soto rompió el silencio y denunció públicamente lo que en Formosa se repite hasta el hartazgo: el robo legalizado de tierras y casas por parte de familiares o allegados al poder. En este caso, la exdiputada Nilda Fiore y la jefa de Tierras, María Atencia, aparecen como protagonistas de una trama que terminó con la entrega de la casa familiar a otra persona. El conflicto original era por un local de cinco metros; el Estado le dio todo el terreno.
El padre de Soto había construido la vivienda hace más de sesenta años en el barrio Obrero. Tras décadas de espera, el propio gobierno había reconocido la posesión con un contrato de adjudicación en venta. Pero tras su muerte, y mediante un supuesto boleto de compraventa sin firma de la esposa, una funcionaria decidió que el terreno debía pasar a manos de la familia Fiore. Así, con un sello y una resolución administrativa, se borra una vida entera de trabajo y pertenencia.
Lo más revelador no es el caso en sí —porque hay cientos iguales— sino a quién le tocó esta vez. Un periodista del régimen. Uno de los que solía repetir el libreto de la “justicia social”, de la “defensa del modelo provincial” y del “liderazgo indiscutido de Gildo”. El sistema que ayudó a blindar mediáticamente hoy lo aplasta con la misma frialdad con que aplasta a cualquier formoseño sin poder.
El feudo tiene sus reglas: el que calla, sobrevive. El que habla, pierde. Pero cuando la impunidad llega hasta tu puerta, cuando ves que el Estado se lleva tu casa, el discurso se vuelve personal. Recién entonces se entiende que lo que les pasa a los demás también te está pasando a vos, solo que en diferido.
Porque en Formosa, primero vinieron por los pobres, después por los campesinos, luego por los maestros, los periodistas críticos, los jubilados, los estudiantes. Y ahora vienen por los suyos. Por los que aplaudían, justificaban y callaban.
La Constitución provincial “nueva” —esa que prometía modernidad y derechos— no es más que otra hoja de papel sellada por el miedo. No protege a nadie, no garantiza nada. Es parte del mismo engranaje que convierte la propiedad privada en un favor y la justicia en una herramienta del poder.
El caso de la familia Soto es solo un espejo. En él se refleja la miseria institucional de una provincia donde la ley se aplica según el apellido del beneficiado y la ideología del perjudicado. Formosa sigue siendo un territorio donde el que gobierna no administra: posee.
Y si todavía alguien piensa que esto no le afecta, que mire bien el poema del comienzo.
Porque en Formosa, tarde o temprano, también vendrán por vos.


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