
La reacción que llegó sin pueblo: González y Parola contra la homilía de Conejero, y una opinión pública que les dio la espalda
leonardo fernández acosta
La última homilía de monseñor José Vicente Conejero no solo expuso una realidad que duele, entre desigualdad, salarios que no alcanzan, gente durmiendo en la calle, angustia cotidiana sino que además produjo un efecto inesperado: rompió la burbuja del relato oficial. Esta vez, la reacción social no fue de indiferencia. Fue de identificación. En los barrios, en los comercios cerrados, en los recibos de sueldo que no llegan a fin de mes, la mayoría percibió verdad donde el gobierno vio herejía.
La frase del Obispo fue precisa y contundente: “No nos mandemos la parte de que esto es el paraíso terrenal… la gente no tiene para pagar la luz, el agua, no alcanza, viven angustiosamente. Eso es una realidad”. Esa realidad, esa sencilla evidencia empírica, fue la chispa que encendió un malestar latente. Y la reacción del gobierno provincial, lejos de aportar reflexión, confirmó la distancia entre el discurso oficial y la vida real.
Los peores voceros para hablar de justicia social
A la homilía no respondieron economistas, trabajadores, académicos, referentes sociales o funcionarios con gestión social concreta. No. Salieron Jorge González, el ministro de seguridad, justicia y trabajo y la diputada nacional "Cero", Graciela Parola. Dos figuras que como mostraron las reacciones en redes, se ubican hoy entre las más rechazadas de la esfera pública provincial.

La pregunta cae sola: ¿eran ellos los más indicados para defender la supuesta “justicia social formoseña”? Difícil sostenerlo o casi imposible pero el gobierno insiste.
González arrastra todavía el recuerdo fresco de su intervención autoritaria y humillante durante la pandemia, símbolo de control y arbitrariedad. Parola, por su parte, carga con otro vacío: más de dos períodos sin un solo proyecto relevante propio en el Congreso Nacional. Y aun así, desde ese silencio legislativo, pretende erigirse en tribunal moral del Obispo. No solo fallaron como voceros. Expusieron el agotamiento del libreto.
González: la homilía convertida en enemigo político
El ministro de Seguridad eligió el camino más previsible: atacar al mensajero. Desde el escenario de un acto policial, marco ideal para el aplauso disciplinado acusó al Obispo de hablar “desde algún púlpito” y deslizó que quienes se dicen pastores “pierden su rumbo” y deben volver a sentir “el olor de la oveja”. El problema es que la frase se volvió contra él.
¿Cómo explicar que alguien que durante años disciplinó, silenció y vigiló a la sociedad, pretenda ahora impartir lecciones de cercanía con el pueblo? Más aún cuando intenta reducir desigualdad y pobreza visibles a anécdotas asistenciales, como cuando relató que: “Una persona en situación de calle fue ignorada frente a ese lugar santo… nosotros actuamos y lo llevamos con su familia”.

El episodio presentado como trofeo moral, terminó siendo una confesión involuntaria: si tener trabajo digno, vivienda y comida depende de una llamada al Ministerio, la justicia social no existe. Lo que hay es administración de la precariedad.
Parola: la doctrina del vacío
La diputada Parola repitió casi calcado el guion oficial. Acusó al Obispo de estar “alejado del pueblo”, insinuó que el problema de la Iglesia es su liderazgo, y sostuvo que en Formosa sí hay justicia social gracias al “Modelo Formoseño”. Lo dijo desde el lugar menos creíble: una banca nacional ocupada sin producción legislativa relevante, sin debates, sin proyectos, sin presencia territorial.
Su frase fue reveladora: “Nadie en su sano juicio puede negar que en Formosa exista la justicia social”.
Precisamente ahí está el punto: cada vez más gente la niega. Y lo hace no por ideología, sino porque mira su heladera, su recibo de sueldo, su alquiler y su mesa.
La apelación moral de Parola terminó convertida en acto de soberbia política: si la realidad contradice el relato, peor para la realidad. La calle ya no compra el discurso: credibilidad en caída libre Las reacciones públicas fueron claras: Amplio respaldo social al diagnóstico del Obispo. Ola de cuestionamientos a González y Parola. Lectura crítica sobre la liturgia de los actos oficiales.
Hoy, el discurso oficial solo logra aplausos en actos militantes, como el de la Policía, institución dócil al relato y convertida en caja de resonancia del poder, mientras la calle habla otro idioma: el del salario que no alcanza, el del comercio que cierra, el del vecino que duerme en una vereda del centro.
La ruptura ya no es religiosa ni ideológica. Es existencial porque cuando la verdad cotidiana desarma la propaganda la homilía de Conejero no fue una provocación o solo un mensaje para sus fieles: fue un espejo. Y el gobierno, en lugar de mirarse, eligió romperlo. Pero los espejos rotos tienen un efecto colateral: multiplican las grietas.
La reacción de quienes participan en las redes lo confirmó, la gente ya no se conforma con frases épicas, ni con apelaciones a la fe, ni con la retórica interminable de los actos oficiales. Porque cuando alguien dice que no hay para pagar la luz, el agua o la comida, no habla de teología. Habla de vida real.
Y la vida real, aunque le duela a Insfrán y a sus "repetidores" se impone siempre sobre el relato.


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