
De Caracas a Formosa: el silencio de los médicos venezolanos exiliados en Formosa que no festejan la caída del tirano
leonardo fernández acosta
El partido Justicialista con la condenada, Cristina Kirchner a la cabezA, al cual responde el gobierno de Formosa difundió en las últimas horas un comunicad, a través del Partido Justicialista, repudiando la situación política de Venezuela y proclamando, con tono solemne, su defensa de la democracia, los derechos humanos y las libertades públicas. El gesto, en apariencia, busca ubicarse del lado “correcto” de la escena internacional. Sin embargo, basta mirar hacia adentro para que la supuesta coherencia se derrumbe de inmediato.
Porque mientras el oficialismo formoseño se indigna desde los papeles por lo que ocurre en Caracas, al mismo tiempo contrata, de manera sistemática, a decenas de médicos venezolanos que huyeron de ese mismo régimen que ahora dice cuestionar. Profesionales que abandonaron su país empujados por la persecución política, la asfixia económica y la falta absoluta de libertades. Un exilio interminable que tiene en los hospitales formoseños una escala de trabajo, pero no necesariamente un refugio de libertad.
Y hay un dato que llama poderosamente la atención: ninguno de esos médicos, víctimas directas de la dictadura de Maduro, tiene opinión pública sobre lo que pasa en Formosa. No hablan. No opinan. No comparan. No señalan semejanzas ni diferencias entre los mecanismos de control que escaparon y los que hoy conviven en silencio.
¿El motivo? Es simple y brutal. Porque saben que la censura aquí también existe. Porque entienden, quizá mejor que nadie, cómo funcionan los sistemas donde el poder concentra el miedo. Porque aprendieron en carne propia que en los regímenes que no toleran la crítica, el que habla pierde el trabajo. Y en Formosa, como en Venezuela, perder el trabajo no es solo un problema laboral: es un castigo disciplinador.
Así, los médicos exiliados repiten el silencio que se vieron obligados a aprender en su tierra. Un silencio que no nace del respeto sino del temor. Un silencio que valida, por omisión forzada, la narrativa del poder local.
La contradicción es grotesca. Un gobierno que se declara preocupado por la democracia en otro país, pero que en el propio territorio reproduce mecanismos de vigilancia, alineamiento obligatorio y castigo político. Una dirigencia que intenta dar lecciones de república hacia afuera mientras sostiene una estructura de control social hacia adentro. Una solidaridad selectiva, que no es solidaridad: es oportunismo discursivo.
La verdadera prueba de defensa de la libertad no se escribe en comunicados partidarios. Se mide en la capacidad de tolerar la crítica, de permitir la palabra, de aceptar la diferencia. Y en Formosa, quienes más entienden lo que significa vivir bajo un poder que no admite disidencias, los exiliados, vuelven a callar.
No porque no tengan nada que decir. Sino porque saben, mejor que nadie, lo que pasa cuando alguien se atreve a hablar.


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