
Radicalismo formoseño: la encuesta que confirmó el grito de renovación
leonardo fernández acostaLa encuesta no descubrió América. Apenas puso en números lo que en los pasillos, en los comités y en los cafés políticos de Formosa se viene diciendo hace rato: el radicalismo necesita cambiar.
El relevamiento interno realizado entre más de 120 afiliados de la UCR Formosa no es un estudio académico ni una muestra estadística monumental. Es algo mucho más simple e incómodo: una señal política. Y esa señal es contundente. El 89% considera urgente una renovación. El 41% apunta directamente a la dirigencia como prioridad número uno a modificar. No hay metáforas posibles.
Cuando una estructura partidaria llega al punto en que cuatro de cada diez afiliados señalan que el problema central es la conducción, no estamos frente a una discusión estética ni a una pelea de nombres. Estamos frente a una crisis de representación interna.
La encuesta, presentada como una convocatoria para medir la proyección de imagen de los dirigentes, terminó exhibiendo lo obvio: la base reclama un cambio en las nuevas autoridades. No un maquillaje. No un reacomodamiento de sillas. Un cambio real.
En ese marco aparece la preferencia por un liderazgo definido. Carlos Lee concentra el 46% del respaldo, mientras que Ana Costa Ankenbrand alcanza el 22%. Entre ambos reúnen el 68% de la preferencia. El dato no es menor: cuando la militancia percibe vacío o dispersión, tiende a ordenar. Y acá hay un intento claro de ordenar.
Pero el dato más potente no es quién lidera la intención interna. Es por qué. La prioridad número uno es renovar la dirigencia. La segunda, fortalecer la participación juvenil. Es decir: conducción nueva y recambio generacional. Traducido al lenguaje político más crudo: menos rosca, más futuro.
El radicalismo formoseño enfrenta un dilema que excede a los nombres propios. O escucha esta señal y la transforma en una convocatoria amplia, transparente y competitiva para redefinir autoridades, o corre el riesgo de encapsularse en la autocomplacencia. Y en política, la autocomplacencia suele ser la antesala de la irrelevancia.
Las encuestas internas pueden servir para disciplinar, para legitimar o para anticipar jugadas. Pero cuando reflejan un consenso tan alto sobre la necesidad de cambio, dejan de ser una herramienta táctica y se convierten en un termómetro institucional.
La pregunta ahora no es qué dicen los números. Ya lo dijeron.
La pregunta es si la dirigencia actual está dispuesta a asumir que la renovación no es una amenaza, sino una condición de supervivencia.
Porque cuando 120 afiliados con nombre y apellido coinciden en que algo no funciona, el problema ya no es comunicacional. Es político.


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