
Clorinda: la crisis no es nueva, es el resultado de 30 años de Insfrán sin política de frontera
leonardo fernández acostaLo que describe Mario Bernal, secretario de la Cámara de Comercio de Clorinda, no es una novedad: advirtió que la actividad comercial en la ciudad atraviesa uno de sus momentos más complejos de los últimos años, con caída de ventas, pérdida de empleo y cierre de locales, en un contexto marcado por la suba de combustibles y los cambios en la dinámica del intercambio con Paraguay. Es la consecuencia. Y en Clorinda las consecuencias siempre llegan tarde pero llegan con fuerza.
La tentación de explicar la crisis actual únicamente desde la coyuntura nacional, el reacomodamiento económico bajo Javier Milei, la suba de combustibles o el cambio en los precios relativos con Paraguay, es cómoda, pero profundamente incompleta. Sí, hubo decisiones recientes que alteraron el flujo comercial y dejaron a la ciudad fuera del circuito. Pero el problema de fondo es mucho más viejo, más estructural y, sobre todo, más político.
Clorinda vive y sobrevive de una lógica pendular: cuando conviene, el argentino cruza; cuando no, el paraguayo entra. Ese “equilibrio” nunca fue desarrollo, fue dependencia. Y toda dependencia, tarde o temprano, se rompe.
Mientras tanto, del otro lado del río, Ciudad del Este dejó de ser solo un punto de paso para convertirse en un verdadero polo comercial regional. No fue magia ni suerte: fue decisión política. Zonas francas, incentivos fiscales, infraestructura, reglas claras. Lo mismo pero por supuesto con otra lógica, claro, como ocurrió en Ushuaia, donde el aislamiento geográfico se transformó en ventaja competitiva mediante un régimen especial que generó industria, empleo y movimiento económico real.
¿Y Formosa? Treinta años de un mismo signo político y ni un intento serio de reconvertir su condición de frontera en una oportunidad estratégica. Ni zona franca, ni polo logístico, ni régimen diferencial sostenido. Apenas administración de la escasez y tolerancia cuando no complicidad, con economías informales que terminan destruyendo al comerciante que paga impuestos y tiene empleados en blanco.
Hoy, cuando el ministro Jorge González se queja del impacto del contrabando o de los cambios en el flujo fronterizo, el planteo suena, como mínimo, tardío. Porque ese “desorden” no nació ayer: es hijo directo de la falta de políticas de fondo.
El dato de más de 100 comercios cerrados no es solo un número. Es la evidencia de un modelo agotado. Un modelo que nunca pasó de la lógica de “ver qué pasa del otro lado” en lugar de construir algo propio de este lado.
La crisis de Clorinda, entonces, no es un accidente ni una mala racha. Es el resultado de décadas sin planificación estratégica en una de las zonas geográficas más privilegiadas del país. Una frontera que podría haber sido motor económico y terminó siendo un termómetro de decadencia.
Y lo más preocupante no es el diagnóstico que ya es evidente sino la falta de reacción. Porque mientras otras regiones entendieron que la frontera es una oportunidad, en Formosa sigue siendo apenas una excusa.


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