
Memoria selectiva y relato oficial: cuando el pasado se usa para blindar el presente
leonardo fernández acostaEl acto encabezado por Gildo Insfrán por el Día de la Memoria volvió a exhibir una constante del discurso oficial: la construcción de una historia parcializada, funcional al poder actual.
A 50 años del golpe del Golpe de Estado en Argentina de 1976, el relato dominante insiste en una narrativa lineal, donde el horror del terrorismo de Estado —real, documentado e innegable— es utilizado como herramienta política para legitimar un presente sin matices ni autocrítica.
Porque el problema no es recordar. El problema es recordar selectivamente.
En el acto, los discursos no solo evocaron los crímenes de la dictadura, sino que avanzaron un paso más: equipararon sin rigor histórico ni conceptual a un gobierno democrático con un régimen de facto, banalizando así la magnitud de lo ocurrido entre 1976 y 1983. Comparar políticas económicas actuales con un sistema basado en la desaparición forzada de personas no es memoria: es propaganda.
Más aún, se consolidó una idea peligrosa: que los derechos humanos tienen dueño. Que pertenecen a un sector político determinado, y que quien no se alinea con esa visión es automáticamente “negacionista” o cómplice. Esta lógica no amplía derechos: los reduce y los instrumentaliza.
El testimonio de víctimas, como el de Graciela de la Rosa, aporta una dimensión humana incuestionable. Pero cuando ese dolor legítimo se encuadra dentro de una narrativa que excluye otras miradas y cancela el debate, se corre el riesgo de transformar la memoria en dogma.
Tampoco es menor el intento de presentar a Formosa como una excepción virtuosa, una suerte de “reserva moral” frente a un país en decadencia. Esa construcción choca con denuncias persistentes sobre falta de institucionalidad, concentración de poder y escasa alternancia democrática en la provincia. ¿Puede hablar de memoria y justicia un sistema político que lleva décadas sin cambios reales en su conducción?
La joven oradora planteó una pregunta potente: “¿Nunca más volverá a suceder?”. Pero la respuesta no puede construirse desde el miedo ni desde analogías forzadas. El “Nunca Más” no es un eslogan adaptable a cualquier coyuntura: es un compromiso con la verdad completa, incómoda, incluso cuando no favorece al relato propio.
Porque si la memoria se convierte en un instrumento de confrontación política, deja de ser memoria. Pasa a ser relato.
Y un país que reemplaza la historia por el relato —aunque sea con buenas intenciones— termina repitiendo sus errores, no evitándolos.


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