
El ministro fantasma: Gildo Insfrán censura el nombre de Juan Carlos Atencia mientras todo Formosa ya lo conoce
leonardo fernández acostaHay algo más elocuente que un discurso: el silencio forzado. Y en Formosa, cuando el silencio baja en forma de “línea editorial”, deja de ser prudencia para convertirse en obediencia.
La salida de Aníbal Gómez no sorprendió a nadie. Era un secreto a voces en los pasillos del poder, en los consultorios, en los grupos de WhatsApp de la administración pública y, por supuesto, en las redacciones. Lo que sí sorprende —o debería— es el grotesco intento de simular que no pasa nada. Que todo es normal. Que nadie sabe quién viene.
El comunicado oficial del gobierno de Gildo Insfrán es una pieza digna de estudio: confirma la renuncia, anticipa una jura… pero omite el dato central. Como si el nombre del nuevo ministro fuera un secreto de Estado o una clave nuclear. Como si la realidad pudiera editarse.
Pero la realidad, mal que le pese al feudalismo comunicacional, ya había hablado. Primero fue el nombre de Miguel Freiss el que circuló como número puesto. Después, en otro giro propio de la cocina cerrada del poder, apareció el verdadero elegido: el bioquímico Juan Carlos Atencia.
Y ahí es donde la escena roza lo absurdo: mientras el nombre ya está definido, mientras dentro del propio sistema sanitario todos reacomodan sus fichas en función del nuevo jefe, hacia afuera se sostiene la ficción de que “no hay designación confirmada”. Una negación infantil de lo evidente.
Hubo renuncias en cadena, directores que se bajaron antes de ser bajados, subsecretarios que entendieron el mensaje antes de que les llegue el memo. Hubo despedidas internas, gestos de afecto hacia Gómez, señales inequívocas de que el ciclo estaba terminado. Pero hacia afuera, la orden fue otra: nadie sabe nada.
Y ahí aparece lo verdaderamente interesante —y preocupante—: no se trata de desinformación por torpeza, sino de censura por diseño. Una bajada de línea tan absurda como reveladora. Los medios alineados, en perfecta coreografía, repitiendo el libreto: “habrá jura, pero sin nombre”. Como si nombrar fuera un acto subversivo.
El problema de fondo no es quién asume. El problema es la obsesión enfermiza por controlar el relato hasta en sus detalles más ridículos. Gildo Insfrán no tolera que el periodismo —ni siquiera el domesticado— se le anticipe. No admite filtraciones, no perdona el dato previo, no soporta perder el monopolio del anuncio. El poder, en su versión más cerrada, necesita que la realidad llegue con sello oficial.
Y así, en pleno 2026, asistimos a una escena casi caricaturesca: todos saben que el nuevo ministro será Juan Carlos Atencia, pero nadie puede decirlo. No porque no se pueda comprobar, sino porque no se puede publicar. No porque falte información, sino porque sobra control.
El resultado es un periodismo reducido a vocería, obligado a callar lo evidente para no incomodar al dueño del guion. Una lógica que no sólo empobrece la información: la degrada.
Porque cuando decir la verdad depende de una orden, ya no estamos ante comunicación institucional. Estamos ante censura lisa y llana. Y ni siquiera una sofisticada: una censura torpe, evidente, casi desesperada.
En Formosa, el poder no sólo decide quién gobierna. También pretende decidir cuándo y cómo se dice. Aunque ya sea demasiado tarde. Aunque ya nadie finja no saber.


IASEP: la obra social donde el destrato y la mala educación también forma parte de la prestación


Del informe de Formosa Investiga a la agenda nacional: Pablo Morán, otra vez bajo la lupa

