El día que Ibáñez se autopercibió revolucionario de Mayo

En el acto del 25 de Mayo, Jorge Ibáñez intentó comparar al gobierno de Gildo Insfrán con los patriotas de Mayo y presentar a Javier Milei como una nueva forma de colonialismo. El resultado fue un discurso cargado de épica forzada, propaganda partidaria y contradicciones imposibles de ocultar después de 30 años de poder
26/05/2026leonardo fernández acostaleonardo fernández acosta

El discurso de Jorge Ibáñez en el acto del 25 de Mayo no fue un homenaje patrio. Fue una operación política envuelta en escarapelas. Una puesta en escena donde el gobierno de Javier Milei apareció retratado como una suerte de nueva metrópoli colonial y el oficialismo formoseño quedó ubicado, nada menos, que en el lugar de Mariano Moreno, Belgrano y Castelli. El problema no es solamente la exageración. El problema es el nivel de cinismo político necesario para sostener semejante comparación.

Porque mientras Ibáñez hablaba de revolución, soberanía y federalismo, lo hacía desde el corazón de uno de los sistemas de poder más concentrados y eternizados de la Argentina. Hablar de emancipación desde un gobierno que lleva tres décadas sin alternancia real en el poder es, como mínimo, un ejercicio de propaganda grotesca. Comparar a Gildo Insfrán con los hombres de Mayo no es una interpretación histórica: es directamente una deformación deliberada de la realidad.

Y hay algo todavía más obsceno en todo esto: el propio mensajero. Jorge Ibáñez no es un outsider peleando contra privilegios. Es exactamente lo contrario. Es uno de los símbolos más acabados de la casta política provincial. Un hombre que hizo toda su carrera dentro del aparato estatal y que hoy representa el rostro económico de un modelo donde el poder político y el enriquecimiento de una elite parecen ir de la mano desde hace décadas.

Por eso el discurso sonó tan artificial. Porque mientras citaba a Mariano Moreno hablando contra la tiranía, defendía a un sistema que aplastó toda posibilidad de alternancia política genuina en Formosa. Mientras hablaba de federalismo, omitía mencionar que la provincia depende estructuralmente de los recursos que envía Nación. Mientras denunciaba colonialismos externos, evitaba hablar del mecanismo interno de subordinación política y económica que convirtió a miles de formoseños en dependientes directos del Estado provincial.

Ahí aparece la gran contradicción del relato oficialista: hablan de liberación desde un esquema construido sobre la dependencia. Dependencia de la coparticipación, dependencia del empleo público, dependencia política y social de un aparato estatal que colonizó casi todos los resortes institucionales de la provincia.

Ibáñez quiso presentar al modelo formoseño como heredero de la Revolución de Mayo, cuando en realidad funciona mucho más como una estructura diseñada para conservar el poder indefinidamente. La Revolución de Mayo discutía cómo romper con una autoridad centralizada y perpetua; el modelo formoseño parece obsesionado con garantizar exactamente lo contrario.

El discurso cayó además en otro recurso agotado: dividir a los formoseños entre patriotas y enemigos. Según esa lógica, quien critica al gobierno es funcional a intereses foráneos, un “cipayo” o un traidor. Quien aplaude, en cambio, es el verdadero defensor de la provincia. Es el viejo manual populista de apropiarse de la patria, monopolizar la representación del pueblo y expulsar simbólicamente a cualquiera que piense distinto.

Pero la realidad desarma el relato mucho más rápido que cualquier crítica opositora.

Porque mientras el gobierno habla de justicia social y estado presente, Formosa sigue exhibiendo niveles alarmantes de pobreza, salarios públicos que apenas rozan la supervivencia y un sector privado débil, casi inexistente en muchas regiones. El propio empleado estatal, la columna vertebral del sistema político provincial muchas veces es pobre. Y eso ocurre después de 30 años del mismo proyecto político administrando la provincia.

La única revolución es la de los nuevos multimillonarios  que hablan en nombre de los pobres, de un poder que se eterniza mientras acusa de autoritarios a los demás. La revolución de quienes denuncian dependencia mientras sobreviven gracias al financiamiento nacional que dicen combatir.

Ibáñez fue todavía más lejos cuando intentó relacionar la reforma constitucional formoseña con el pensamiento emancipador de Mayo. Ahí el discurso directamente entró en el terreno de la propaganda más burda. Porque una reforma diseñada para consolidar un esquema hiperpersonalista no tiene absolutamente nada que ver con las ideas republicanas de Mariano Moreno. Al contrario: representan conceptos casi opuestos.

Lo más llamativo es que el oficialismo parece haber perdido completamente la capacidad de distinguir entre gobierno, partido y patria. Todo se mezcla. Criticar a Insfrán es atacar a Formosa. Cuestionar al poder es ponerse del lado del enemigo. Y así, el mismo aparato político que controla prácticamente toda la estructura institucional provincial se presenta simultáneamente como víctima heroica de una opresión externa.

Esa es la gran paradoja del discurso de Ibáñez: un poder que maneja todo, pero que al mismo tiempo se vende como resistencia. Un oficialismo que gobierna hace 30 años y todavía habla como si fuera una fuerza revolucionaria perseguida por el sistema.

El problema para ellos es que la realidad ya no acompaña la épica. Porque las revoluciones nacen para romper privilegios. No para administrarlos eternamente.

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