Crónica de un viraje anunciado: el portal de "Bichos del Campo" mutó a "Bichos de la Pauta" de Insfrán

Un lunes, Bichos de Campo lloraba con Zenón Cano la desaparición del algodón, víctima de los grandes pools y el mercado. El lunes siguiente, el mismo medio engordaba el currículum del PAIPPA sin una sola pregunta incómoda, como si el asistencialismo oficial fuera la solución y no la confirmación de la derrota. Entre una nota y otra, el periodismo se desvaneció. Lo que quedó fue el ruido sordo de una pauta publicitaria y el retrato de un productor que ya no produce: solo espera. Que no se note.
05/08/2026leonardo fernández acostaleonardo fernández acosta

Hay un momento en el oficio periodístico en el que la línea entre informar y servir a un poder se vuelve tan difusa que el lector ya no sabe si está ante una crónica o ante un comunicado de prensa. Bichos de Campo, un medio con llegada al mundo agropecuario, nos regaló en días sucesivos una lección magistral de esa ambigüedad.

El 22 de julio, la publicación presentó el desolador relato de Zenón Cano, un productor de Colonia El Alba, en el sur de Formosa, que resume con una frase el fin de una era: “Fuimos productores agrícolas” . La nota es un testimonio valioso. Describe cómo el algodón —el “oro blanco” que durante décadas sostuvo a familias enteras— fue devorado por la mecanización, los herbicidas y, sobre todo, por la llegada de los grandes pools de siembra que dejaron fuera de juego al pequeño productor .

De más de 100 mil hectáreas sembradas en los años 70, hoy quedan menos de 5 mil. La crónica transmite la nostalgia de quien vio cómo su forma de vida se desmoronaba y la impotencia de quien se tuvo que reconvertir a la ganadería no por elección, sino para sobrevivir . Esa nota, con su carga crítica y humana, parecía un ejercicio de periodismo valiente.

Siete días después, la metamorfosis de Bichos del Campo fue completa

El 29 de julio, el mismo medio publicó una extensa entrevista a Rubén Solalinde, coordinador del Instituto PAIPPA, el programa estrella del gobierno de Gildo Insfrán . Y de repente, el tono cambió. Las preguntas incómodas desaparecieron. La nota se convirtió en un catálogo de logros del “modelo formoseño”. Se habla de viviendas, caminos, escuelas rurales, salud gratuita y canales de comercialización. Solalinde, que fue intendente de su pueblo y maestro rural, describe el programa como “único a nivel país” y “uno de los pilares fundamentales” del modelo de Insfrán .

No hay en la nota una sola pregunta que incomode. No se indaga sobre el costo fiscal del programa. No se menciona la dependencia crónica que genera en los productores, que el propio coordinador define como “familias paipperas” que producen en dos o tres hectáreas y necesitan del Estado para vender su producción a través de programas como el “Soberanía Alimentaria” o el plan “Nutrir” . No se pregunta si ese productor, atado a una tarjeta bancaria que le deposita mensualmente el Estado, tiene realmente autonomía o si está absolutamente cooptado políticamente por el oficialismo provincial.

La diferencia entre ambas notas es abismal. La primera expone el drama de un sector que fue abandonado a su suerte. La segunda lo presenta resuelto, envuelto en un programa asistencialista que, visto con ojo crítico, no es más que una red de contención que perpetúa la dependencia. El productor algodonero de la primera nota, que anhela volver al cultivo “si las condiciones se dan” , es el mismo que en la segunda nota es un orgulloso “paippero” que necesita de la mano del Estado para subsistir.

La pregunta que surge es inevitable: ¿qué pasó en esos siete días? ¿Acaso alguna llamada desde la Casa de Gobierno de Formosa o la promesa de una pauta publicitaria más generosa transformó a un medio crítico en un altavoz del régimen de Insfrán?

Bichos de Campo pasó de hacer periodismo a hacer propaganda institucional. Y lo hizo sin pudor, con una falta de autocrítica que resulta ofensiva para el lector que había acompañado el relato de Zenón Cano apenas una semana antes. Porque al final, la nota del PAIPPA no refuta ni cuestiona nada de lo dicho en la primera. Simplemente la ignora, como si la tragedia del algodón y el asistencialismo paippero fueran dos realidades paralelas que nunca debieran encontrarse. La coherencia periodística es la primera víctima de este viraje. Y el lector, una vez más, queda a merced de la conveniencia de un medio que, al parecer, tiene un precio.

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