Ante la falta de gestión de La Libertad Avanza renunció el ingeniero Víctor Padilla a Vialidad Nacional

Cuando Víctor Padilla asumió como jefe del 22° Distrito de Vialidad Nacional en Formosa, lo hizo con un diagnóstico claro y honesto. Dijo que era "un desafío muy importante", que había que "optimizar los recursos", "hacer un inventario de lo que contamos y definir por dónde comenzar a trabajar". Fue explícito sobre la condición sine qua non de todo eso: "se deberá gestionar presupuesto en Buenos Aires para poder ejecutarlas".
Asumió con la expectativa legítima de que el Estado nacional cumpliría con su parte. No fue ingenuo: fue responsable. Aceptó un cargo técnico en una provincia que depende de la Nación para su red vial, confiando en que el federalismo no era solo un discurso.
Según el testimonio recogido, Padilla habría renunciado porque "no le liberaban nada de fondos", porque "se estaba quemando", porque "le cortaron todo". Hasta "el agua embasada que le mandaban a los distritos" dejó de llegar. Es decir: no se trató de un recorte gradual ni de una demora administrativa. Se trató de un ahogamiento presupuestario deliberado, de un vaciamiento que dejó al distrito sin capacidad operativa.
Y aquí está el punto central: Padilla no renunció por incapacidad propia, renunció porque el Estado nacional le negó las herramientas para hacer su trabajo. Un jefe de distrito no puede licitar sin fondos, no puede reparar rutas sin presupuesto, no puede mantener equipos sin insumos, no puede pagar viáticos sin partidas. Pretender que gestione en esas condiciones es una fantasía o una hipocresía.
Hay una diferencia fundamental entre abandonar un cargo por conveniencia y renunciar a un cargo porque las condiciones para ejercerlo fueron deliberadamente destruidas. Padilla renunció "indeclinablemente", "no quiere saber nada", "dio un paso al costado". Eso no es huida: es coherencia. Un funcionario que se queda en un cargo sin recursos, sin respaldo y sin capacidad de acción se convierte en una figura decorativa que legitima el desfinanciamiento. Padilla eligió no ser esa figura.
Y su renuncia, lejos de ser una crítica a sí mismo, es una crítica al Estado nacional que lo nombró y después lo dejó solo. Lo nombraron para gestionar; le negaron los medios para gestionar; y cuando se cansó de golpear puertas cerradas, se fue. La responsabilidad no es de quien se va: es de quien lo mandó a pelear con las manos atadas.
El caso Padilla no es un hecho aislado: es la radiografía de un gobierno. En La Libertad Avanza cada uno atiende su propia quinta y a nadie le interesa hacer una buena gestión. Se reparten cargos, no responsabilidades. Se nombran funcionarios y después se los deja solos frente a estructuras que se caen a pedazos. Padilla es la prueba: lo pusieron al frente de un distrito de 1.600 kilómetros, con 97 empleados y "falta de técnicos y personal operativo", y después le negaron hasta el agua embasada.
Y el testimonio revela algo aún más perturbador: Padilla "tenía mucho para denunciar", conocía "todos los curros" de la obra pública formoseña, "los nombres", "la empresa", "cómo se volvía" lo que venía de Nación. Y nadie de la oposición lo convocó. Ni Paoltroni —que le prometió presencia en la asunción y después desapareció—, ni Basualdo, ni ninguna fuerza política se sentó a escucharlo. La Libertad Avanza lo ahogó desde el Ejecutivo y la oposición lo ignoró desde el Legislativo. Padilla quedó atrapado entre un gobierno que le negaba recursos y una oposición que no le tomaba el teléfono.
Inclusive había desvinculado del organismo a un empleado por presunta corrupción en el manejo de los fondos y ahora estaría por ser reincorporado ante a desidia del estado nacional. En ese contexto, renunciar no es abandonar: es negarse a seguir siendo el pararrayos de un sistema que no le daba ni fondos ni respaldo.
La renuncia de Víctor Padilla es una denuncia en sí misma. Denuncia que La Libertad Avanza no gestiona, que no libera fondos, que no respalda a sus propios funcionarios.
Padilla prometió gestión y le negaron los recursos. Prometió obras y le cortaron el presupuesto. Prometió transparencia y lo dejaron solo. No fracasó: lo hicieron fracasar. Y su renuncia indeclinable es la prueba más clara de que en Formosa, con La Libertad Avanza, la obra pública no se gestiona: se abandona.
La responsabilidad no es de quien se va después de cansarse de esperar. La responsabilidad es de quienes desde el gobierno nacional decidieron asfixiar a las provincias y después mirar para otro lado. Padilla se fue con la frente en alto. La Libertad Avanza debería explicar por qué lo dejó sin nada.
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