
Zárate, el bombero del incendio que él mismo provocó: discurso moralista desde las cenizas del radicalismo formoseño
leonardo fernández acosta
En un nuevo ejercicio de cinismo político, Osvaldo Zárate volvió a la escena pública como si no tuviera nada que ver con la debacle que hoy atraviesa el radicalismo en Formosa. Desde un cómodo lugar de comentarista, se despachó contra Gabriela Neme, Fernando Carbajal y hasta López Tozzi, acusándolos de “jugar para los que quieren destruir al radicalismo”, sin asumir que ese proceso de demolición tuvo entre sus principales albañiles a su propio liderazgo.
Zárate habla de identidad partidaria, pero olvida que durante años fue funcional a los pactos silenciosos con el gildismo, sosteniendo una estrategia de oposición tibia, fragmentada y sin coraje, que derivó en sucesivas derrotas electorales y la desconexión total del radicalismo con la ciudadanía.
Cuando dice que no se puede apoyar a un “anarcolibertario que desprecia la universidad pública y a los jubilados”, omite que su espacio habilitó, por acción u omisión, las condiciones para que emergieran esos fenómenos políticos. El vacío lo generaron ellos. La falta de propuesta, la desconexión con la gente, la repetición de candidaturas sin fuerza ni convicción.
Acusa a otros de “correr hacia la derecha por dádivas del poder”, como si no fuera él quien durante años se acomodó en cargos institucionales bajo la lógica del “radicalismo testimonial”: hablar en los medios, aparecer en los actos, y luego desaparecer en los momentos críticos.
Sobre Neme y Carbajal, Zárate dispara sin filtro, con una liviandad que parece no registrar que en buena parte del electorado opositor , el poco que queda, ellos lograron captar una representación que su propio sector perdió hace tiempo. Porque el radicalismo que encabeza Zárate no genera expectativa ni esperanza: genera bostezos.
Y la frutilla del postre: “Somos el único espacio que puede garantizar la república y las instituciones”. Una frase que suena a panfleto vacío cuando se la escucha desde un partido reducido a la marginalidad electoral, sin renovación real, y aferrado a una narrativa épica que ya no conmueve a nadie.
Zárate no defiende principios: defiende su pequeño poder simbólico dentro de un radicalismo que ya no lidera ni entusiasma. Lo que no soporta es haber perdido el monopolio del discurso opositor. Habla como si viniera de afuera, como si no tuviera responsabilidades en el colapso que denuncia. Pero el radicalismo no cayó solo. Lo empujaron y Zárate tenía las dos manos puestas.


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