
La vergonzosa apuesta al fracaso: Insfrán quiere para la Argentina el modelo de sometimiento de Formosa
leonardo fernández acosta
Mientras Axel Kicillof oficia de anfitrión y los demás gobernadores peronistas ensayan su teatro opositor, hay un hombre en esa mesa que encarna como nadie la verdadera esencia del modelo que defienden: Gildo Insfrán, gobernador de Formosa desde 1995. No es un opositor más a la reforma laboral; es el arquetipo viviente del sistema que esta reforma busca desmontar: el Estado como único empleador, el funcionario público como única vía al estatus y la política como único mecanismo de movilidad social ascendente.
Formosa bajo Insfrán es el experimento estatista llevado a su conclusión lógica y más triste. Una provincia donde, según estimaciones extraoficiales, más del 70% de la economía depende directa o indirectamente del Estado provincial. Donde los "millonarios" no son emprendedores, industriales o exportadores innovadores, sino funcionarios públicos de alto rango, intendentes y operadores políticos leales al único sistema que existe: el insfranismo.
La falacia del "defensor de los trabajadores"
Insfrán llega a Buenos Aires a defender "los derechos de los trabajadores" desde una provincia donde el derecho más básico, el de elegir libremente, está sistemáticamente cooptado por el aparato estatal. En Formosa, el empleo público no es una opción laboral: es un mecanismo de control político. Se trabaja para el Estado o se depende de quien trabaja para el Estado. La iniciativa privada independiente es una rareza, una planta que crece contra todo pronóstico en un terreno envenenado por el monopolio estatal.
Insfrán no conoce y no le interesa un mercado dinámico, tampoco puede aportar sobre las ventajas de la flexibilización para pymes si en su territorio las pymes genuinamente independientes son especies en peligro de extinción. Su modelo es el contrario exacto: hiper-rigidez política disfrazada de protección social.
El único camino a la riqueza: la nómina estatal
Mientras en el mundo desarrollado las fortunas se construyen innovando, exportando o creando valor, en el Formosa de Insfrán la ruta es otra: ascender en la estructura del partido, lograr un cargo público rentado, y desde allí acceder a los beneficios del sistema. Los "millonarios" formoseños no deben su patrimonio a haber creado una empresa que dé empleo a decenas, sino a haber sabido navegar las aguas del clientelismo estatal.
Esta es la verdadera razón de su oposición a la reforma laboral: temen que un mercado de trabajo dinámico, con empleo privado genuino y bien pago, les quite su principal herramienta de dominación. Si los formoseños pudieran progresar sin depender del Estado provincial, el castillo de naipes del insfranismo se desmoronaría.
La contradicción viviente
Insfrán es la contradicción hecha persona. Desde su feudo estatista, da lecciones sobre cómo debe funcionar el mercado laboral argentino. Desde una provincia que recibe porcentualmente más coparticipación que muchas otras, critica reformas que buscan reactivar la generación de riqueza genuina a nivel nacional. Representa el modelo asistencialista que nos llevó a la decadencia, y ahora se erige en paladín contra el cambio.
El verdadero miedo no es por los trabajadores, es por el feudo
Cuando Insfrán se sienta con Kicillof y los demás, su preocupación no es el trabajador argentino. Es la preservación de un sistema de poder que le ha permitido reinar por casi tres décadas. La reforma laboral amenaza exponer la verdad más incómoda: que su "modelo formoseño" no es una alternativa social, sino una cárcel dorada donde los habitantes intercambian libertad por asistencia, y donde los únicos que verdaderamente prosperan son los guardias de la prisión.
La próxima vez que Gildo Insfrán hable de "defender a los trabajadores", recordemos de qué trabajadores habla: de aquellos a quienes el Estado tiene cautivos en un circuito sin salida. La reforma que tanto teme es justamente la que podría darles a los formoseños algo que Insfrán nunca les permitió: alternativas.


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