
Del bombo al anarco verso: la tragicomedia libertaria de un burócrata converso
leonardo fernández acosta
Pablo Míguez se disfrazó de libertario, y el traje le quedó grande. Le quedó ridículamente holgado. Como si se hubiera puesto una careta de Milei comprada en una juguetería de mala muerte, subió al micrófono de la Convención Constituyente de Formosa a repetir un discurso calcado, ajeno y forzado, tratando de convencernos de que siempre fue lo que nunca fue: un defensor de la libertad frente al Estado.
El problema no es sólo ideológico. El problema es de forma, de fondo, de tono y de coherencia. El hombre que hasta ayer fue funcional al oficialismo peronista, ahora pretende enseñarnos filosofía política con el ímpetu de un influencer sin seguidores. Y lo hace balbuceando conceptos a medio entender, repitiendo slogans libertarios como si fueran mantras que, si se dicen lo suficiente, lo convierten mágicamente en discípulo de Ayn Rand o émulo de Javier Milei.
“Cada vez que el Estado reconoce un derecho, en realidad lo está limitando”, dijo, convencido de estar pariendo una idea brillante. Pero esa frase, que parece sacada de un video viral de TikTok, es la muestra perfecta de lo superficial de su metamorfosis. Míguez no argumenta: recita. No razona: copia y pega. No reflexiona: declama.
La improvisación fue tan evidente que hasta él mismo se disculpó en vivo: “soy nuevo en esto y estoy aprendiendo”, dijo con una honestidad involuntaria que derrumbó todo el acting libertario. El cierre fue aún más penoso: citó al presidente en Davos y se victimizó por los memes. Habló de burócratas con indignación, pero jamás explicó qué fue durante todos los años en que aplaudió al mismo Estado que hoy finge detestar pero es funcionario del PAMI.
Se queja de que los “encerraron” en pandemia, como si hubiera encabezado alguna rebelión. No se vacunó, no usó barbijo y parece que tampoco usó argumentos. Todo fue una cadena de generalidades mal conectadas, sin una sola cita jurídica sólida ni un aporte al debate real de fondo. Ni hablar de la lógica jurídica: dice que no hay que incluir derechos en la Constitución porque ya están en la nacional, pero al mismo tiempo se queja de que no se reglamentan los de la provincial. ¿En qué quedamos, doctor Míguez?
Lo más revelador, sin embargo, no es lo que dijo sino lo que no puede esconder: el oportunismo. La desesperación por subirse a la ola libertaria y colarse en la conversación nacional a cualquier precio. Pero el papelón es inevitable cuando alguien cambia de piel sin convicción ni estudio.
Formosa asiste, otra vez, a una tragicomedia política: peronistas que reniegan del Estado, conservadores que citan a Hayek sin haberlo leído y abogados que discuten de derechos sin saber qué significa garantizarlos. Pablo Míguez hizo el ridículo. Y no porque se haya equivocado de ideas, sino porque no se animó a tener propias.


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