
La autopsia confirmó una muerte violenta: Xiomara Portillo fue asesinada de una puñalada en el cuello
leonardo fernández acosta
La confirmación de que Xiomara Portillo murió tras recibir una puñalada en el cuello con un arma plana y cuando aún estaba con vida no aporta alivio ni certezas. Aporta, en cambio, una nueva capa de indignación. Porque ese dato, de una gravedad extrema, llega tarde, fragmentado y envuelto en el habitual hermetismo con el que la Justicia formoseña administra los casos que conmueven a la sociedad.
Los peritos forenses, los doctores Jorge Pessolano y Daniel Ojer, finalmente brindaron precisiones sobre los resultados de la autopsia. Lo hicieron cuando la presión pública ya era inocultable y cuando el silencio oficial comenzaba a resultar insostenible. No fue transparencia; fue respuesta forzada.
Desde el inicio, la investigación estuvo marcada por la demora, la reticencia y una peligrosa economía de información. Cada dato relevante aparece a cuentagotas, como si se tratara de un favor y no de una obligación institucional. Mientras tanto, las dudas se multiplican, las sospechas crecen y la confianza social se erosiona.
La Justicia no puede actuar como un búnker. Menos aún cuando se trata de la muerte violenta de una menor. El derecho de la sociedad a saber qué ocurrió, cómo ocurrió y qué se está investigando no es una concesión graciosa del poder judicial: es parte del debido proceso en un sistema democrático.
El silencio no protege la investigación. La opacidad no fortalece la verdad. Por el contrario, alimenta versiones, encubre errores y abre la puerta a la impunidad. Cuando la información llega tarde o incompleta, el daño ya está hecho.
El caso Xiomara Portillo exige algo más que pericias técnicas. Exige una Justicia que dé la cara, que informe con claridad y que actúe con la urgencia que la gravedad del crimen demanda. Cada día de silencio es una forma de violencia institucional. Y en Formosa, lamentablemente, esa violencia ya es demasiado conocida.


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