
"Know-how" del fracaso: el obsceno intercambio de experiencias entre Buenos Aires y Formosa que vende González
leonardo fernández acosta
Pretender que existe algo que aprender en materia de seguridad del modelo que rige en la provincia de Buenos Aires no es un error de diagnóstico. Es una capitulación cínica ante el fracaso, disfrazada de gestión. Que el ministro de Gobierno de Formosa, Jorge Abel González, anuncie con solemnidad burocrática un convenio de “cooperación” con la administración de Axel Kicillof es un acto de complicidad política que trasciende lo administrativo para adentrarse en lo obsceno.
Mientras González despliega un vocabulario plagado de tecnicismos –“inteligencia criminal”, “capacitación interfuerzas”, “Policía Científica”–, la realidad bonaerense desmiente, con una crudeza letal, cada una de esas palabras. En el Conurbano y en vastas zonas de la provincia, el Estado no protege; llega tarde, explica después y, con frecuencia, se ausenta por completo. Allí, salir a la calle implica un cálculo de riesgo donde una mochila, un celular o un par de zapatillas pueden ser la razón de una ejecución. Hablamos de un territorio donde el delito no solo campa a sus anchas, sino que en muchos aspectos manda, y donde la sensación de abandono es tan tangible como el miedo.
¿Qué “inteligencia criminal” puede exportar una provincia que es el principal corredor y mercado de narcotráficos del país? ¿Qué “capacitación” pueden ofrecer fuerzas policiales desbordadas, cuestionadas y a menudo permeadas por el mismo delito que deberían combatir? Es un contrasentido lógico y moral. El único “know-how” que Buenos Aires podría compartir es el del retroceso: cómo un sistema colapsa, cómo la impunidad se instala y cómo la vida se devalúa hasta el punto de que un objeto trivial vale más que ella.
El ministro formoseño, sin embargo, no busca eficacia. Su gesto obedece a un guion político previsible. Ante la evidencia del desastre, se requiere un enemigo externo. De ahí el recurso al libreto gastado de culpar a las fuerzas federales y denunciar un “abandono” nacional. Es la estrategia del chivo expiatorio, algo tan propio del ministro Gonzalez: correr el foco de una gestión provincial que, en el caso de Buenos Aires, lleva décadas de sucesivos fracasos, independientemente de los colores partidarios, y que bajo la administración Kicillof ha tocado nuevos y trágicos fondos.
Lo que se firma en estos convenios, por lo tanto, no es una cooperación para salvar vidas, sino una alianza para sostener relatos. Formosa no se alía con Buenos Aires para importar soluciones inexistentes, sino para blindar una narrativa de victimización y eludir responsabilidades propias. Es la solidaridad ideológica del naufragio: atarse a un modelo fracasado para no tener que reconocer que, en el propio territorio, pueden estar incubándose a otra escala, con otros matices, los mismos males: la burocratización de la seguridad, la primacía de la propaganda sobre los resultados, la desconexión entre el discurso oficial y la experiencia ciudadana.
Mientras los funcionarios posan para la foto y llenan de sellos documentos vacíos, en las calles de Buenos Aires se sigue muriendo por una mochila. Esa es la única “lección” objetiva, el único “logro institucional” tangible que el modelo bonaerense puede exhibir. Que una provincia como Formosa pretenda mirar hacia allí en busca de orientación no es un acto de estadista. Es, en el mejor de los casos, una grave frivolidad. En el peor, y más probable, la evidencia de que la lealtad política puede llegar a costar tan poco como la vida que, dicen, se empeñan en proteger.


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