
Vera maneja a la presidenta De la Rosa: insulta impunemente y ordena silenciar a los opositores cortandole el sonido
leonardo fernández acosta
El convencional Vera no dio un discurso. Dio un sermón. Una diatriba fanatizada cargada de cinismo, desprecio por las minorías y soberbia al borde del delirio. Lo único que le faltó fue leer el preámbulo de la nueva Constitución blindada desde una tablet con la firma digital de Gildo Insfrán.
Vera, como buen soldado del régimen, se presentó a la sesión con el texto armado bajo el brazo y con un objetivo claro: atacar, burlarse y descalificar. Para eso no necesitó argumentos. Le bastó con una vieja táctica que en Formosa conocemos bien: ridiculizar al otro para no discutir lo esencial.
Dijo, con tono burlón, que la oposición es “una bolsa de gatos”, porque según él. cada uno piensa distinto. Como si pensar distinto fuera un defecto. Como si el pluralismo fuera un virus. Lo dice alguien que se jacta de representar un modelo que hace más de tres décadas piensa con una sola cabeza: la del caudillo.
También se mofó porque dice. los libertarios “caen sin nada”, sin propuestas. Como si en una Convención Constituyente lo importante fuera llegar con la tarea hecha en casa, no con el mandato de debatir en serio, de cara a la gente y con reglas claras. Pero claro, en un proceso donde todo ya está cocinado, cualquier disenso molesta.
Acusó de vagos a los opositores. Habló de “derecho constitucional a la vagancia” y de convencionales que “no hacen nada”. Pero omitió un detalle: la Constitución que están reformando fue redactada entre cuatro paredes, sin consultas, sin consensos y sin ningún mecanismo democrático real. ¿Para qué debatir, si todo ya está escrito?
Y todo esto, con total impunidad verbal, amparado por la presidenta de la Convención, Graciela De la Rosa, quien lo dejó decir sin pestañear que los opositores son “una bolsa de gatos”, “brutos”, “inútiles” y “vagos”. Pero cuando algún convencional de la minoría se anima a decir la palabra “chorro”, De la Rosa entra en trance normativo y aplica cualquier artículo al azar para cortar el micrófono. La vara de la presidenta se regula con el termómetro del poder.
Vera no habló de derechos, ni de garantías, ni de límites al poder. Habló de encuestas, de porcentajes, de elecciones ganadas por el aparato. Dijo, sin sonrojarse, que el modelo formoseño “está para mucho tiempo” porque “la gente lo vota”. Como si la legitimidad de origen borrara la necesidad de controles. Como si ganar elecciones te autorizara a hacer lo que quieras con la Constitución.
Más grave aún fue su acusación al convencional Míguez de representar al gobierno nacional, como si fuera pecado o traición. Pero a la vez se vanagloria de ser la voz del 70% de los votos gildistas. ¿En qué quedamos? ¿La soberanía popular vale solo cuando beneficia al oficialismo?
Su cierre fue previsible: levantar la bandera del “orgullo formoseño” como escudo contra toda crítica. Desacreditar al que piensa distinto, deshumanizar al opositor, caricaturizar cualquier disidencia como traición. Lo de siempre. Pero dicho con más bronca, más autoritarismo y, sobre todo, más miedo.
Porque cuando Vera grita tanto, no es porque tiene razón. Es porque sabe que ese modelo, por más blindaje constitucional que le pongan, hace agua por todos lados. Y que el pueblo —ese mismo pueblo al que dicen representar— tarde o temprano se cansa de ser espectador de una democracia sin contenido.


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