
Zárate, el radical del quinto piso: de la jubilación de privilegio a la cátedra de la hipocresía
leonardo fernández acosta
En Formosa, la memoria política no es corta: es selectiva. Y en el caso de Osvaldo Zárate, sobra material para recordarle a la ciudadanía quién es realmente este dirigente radical devenido en operador del gildismo. El mismo que, con poco más de 52 años, se retiró de la Legislatura provincial con una jubilación de privilegio, cortesía de la mayoría automática del PJ, hoy pretende erigirse en fiscal moral de la oposición.
Zárate es un habitué del quinto piso de la Casa de Gobierno. No lo dicen sus detractores: lo gritó en plena sesión legislativa la diputada justicialista Otilia Morales, cansada de verlo entrar y salir para “pedir favores”. Intentó, la semana siguiente, explicar lo inexplicable. No convenció a nadie. Poco después, llegó la postal que selló su perfil político: el abrazo con Gildo Insfrán en la apertura de sesiones, cuando el pueblo todavía cargaba las cicatrices de la pandemia, las violaciones a los derechos humanos y la represión del 5 de marzo.
Desde entonces, Zárate no se dedicó a fortalecer la oposición, sino a sabotearla. Operó contra su propio espacio para favorecer listas testimoniales que no alcanzaron ni los tres mil votos, como la encabezada por Marcelo Ocampo. Y, como siempre, las visitas al quinto piso habrían regresado, esta vez para obtener beneficios personales y algun que otro cargo para uno de sus hijos en la Legislatura. Los registros, dicen, pronto saldrán a la luz.
Pero lo más grotesco es verlo hoy, retirado de la primera línea y sin capital político, pontificando contra Francisco Paoltroni por su acuerdo con La Libertad Avanza y Gabriela Neme. Que un Zárate, con su prontuario político, hable de “traidores” es como escuchar a un pirómano dar clases de prevención de incendios. No es en defensa de Paoltroni sino un recordatorio: en esta provincia, los conversos tienen memoria selectiva y lengua filosa para acusar a otros de lo que ellos mismos han perfeccionado.
En redes sociales, Zárate se despacha con frases aprendidas de memoria, repite eslóganes como loro y demuestra un desconocimiento alarmante sobre la función pública. El radicalismo lo tuvo como líder, el electorado lo toleró y el gildismo lo usó. Resultado: siempre, absolutamente siempre, salió ganando él. La última de sus hazañas fue imponer como diputada provincial a su pareja, Ana Costa, mientras las militantes de "patear las calles" explotaban de la bronca.
Habla de “el trío de los traidores” para referirse a quienes se sumaron a la LLA. No advierte que su propio historial lo convierte en el presidente vitalicio de ese club. Porque aquí no se trata de cuántos votos tiene cada uno, sino de cuántas veces dieron la espalda a quienes confiaron en ellos para luego entregarse, con moño incluido, al oficialismo.
La división de la oposición en Formosa no es un accidente: es una estrategia repetida. Y hombres como Zárate han sido piezas clave para garantizar que el PJ siga reinando. Hoy, disfrazado de comentarista indignado, pretende marcarle el camino a una oposición que él mismo contribuyó a fragmentar.
En el fondo, su discurso no es más que un casting político: quiere volver a escena, aunque sea en un papel menor. Pero la pregunta que deberían hacerse los formoseños es otra: ¿hasta cuándo permitirán que operadores de este calibre, con un largo prontuario de favores y traiciones, se sienten a dictar cátedra de moral y estrategia?
Porque si algo ha demostrado Osvaldo Zárate, una y otra vez, es que no hay límite ético que no pueda cruzar si el precio es el cargo, el favor o el privilegio. Y en Formosa, eso no es oposición: es el más viejo y funcional de los oficialismos.


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