
“Nunca más” a los dueños de la verdad
leonardo fernández acosta
Una vez más, los autoproclamados guardianes de la moral y de la memoria colectiva han salido en bloque a indignarse, como siempre, con el mismo libreto: declarar que sólo ellos tienen derecho a interpretar los símbolos, las consignas y hasta las palabras. Esta vez, el grito fue por el uso de la histórica consigna “Nunca más” por parte de militantes de La Libertad Avanza para cuestionar al gobierno de Formosa.
El comunicado que difundieron firmado por una lista de referentes que parece calcada de cada pronunciamiento oficialista de la última década sostiene que esa frase pertenece exclusivamente a la lucha contra la dictadura y que cualquier otro uso es una “banalización” o, peor aún, una “apología” del terrorismo de Estado. Un razonamiento que, además de endeble, es peligrosamente autoritario: si ellos definen qué se puede decir, cómo y en qué contexto, entonces no estamos ante defensores de la democracia, sino ante censores de la memoria.
El “Nunca más” no es propiedad privada. No es un logo partidario. No es un sello registrado de propiedad privada. Es una consigna que nació como compromiso social frente a cualquier forma de violencia política, institucional o estatal. Pretender que sólo un sector pueda invocarlo es tan absurdo como negar que las violaciones de derechos humanos puedan ocurrir en democracia. Porque, aunque les moleste, el autoritarismo no viene siempre de uniformes verdes oliva: también puede disfrazarse con votos, cargos y discursos que juran defender la Constitución mientras la retuercen a gusto.
Lo más irónico es que estos mismos firmantes, que se rasgan las vestiduras para “proteger” el significado de “Nunca más”, han guardado silencio y hasta justificado atropellos bien actuales: censura, persecución judicial, aprietes policiales, uso discrecional de recursos públicos, precarización de derechos y hasta detenciones arbitrarias en plena pandemia. ¿Eso no merece un “Nunca más”? Claro que no… si el abusador es amigo del poder.
Siempre son los mismos. Los que se creen dueños de la verdad, dueños de la memoria, dueños del pasado y, por extensión, del futuro. Los que reparten certificados de “demócrata” según la obediencia al régimen de turno. Los que deciden quién es víctima y quién no, quién puede hablar y quién debe callar. Y cuando alguien se atreve a cuestionarlos con sus propios símbolos, se victimizan y acusan de herejía.
El “Nunca más” no se mancha por ser usado para señalar abusos actuales; se vacía cuando se lo encierra en un museo, cuando se lo convierte en souvenir político para tapar la impunidad presente. La memoria verdadera no es decorativa ni selectiva: es incómoda, molesta y se aplica siempre que el poder, cualquiera sea su color, cruza la línea.
Por eso, la frase que unió a un país contra el terror de Estado también puede y debe servir para advertir que la democracia no es un cheque en blanco. Porque si de verdad queremos honrar el “Nunca más”, no es a la dictadura a lo único que debemos temer, sino a todos los que creen que la verdad les pertenece y que el pueblo es un rebaño que necesita pastores iluminados.
En definitiva, “Nunca más” a los fusiles, a la tortura, a las desapariciones o a las muertes de inocentes pero también “Nunca más” a los dogmas únicos, a las verdades oficiales y a los dueños de la memoria que la usan como arma partidaria. Porque la democracia se defiende con libertad de palabra, no con manuales de uso autorizado para las consignas.


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