
El radicalismo logra lo imposible en la Convención Constituyente: dividirse solo y dejar a Leguizamón gritando traición
leonardo fernández acosta
La jornada de ayer en la Convención Constituyente dejó en claro que en Formosa nada es tan lineal como aparenta. Lo que debía ser un mero trámite institucional - Esta vez, la incorporación de suplentes tras la renuncia de Gabriela Neme y Francisco Paoltroni, se transformó en un capítulo más de la interna opositora, donde el radicalismo terminó expuesto, el oficialismo capitalizó la confusión y la sombra del colaboracionismo volvió a recorrer los pasillos.
Todo comenzó con la presentación de dos nombres: Esteban Rubén Servín, convencional suplente de Nuevo País, y Juan Carlos Leguizamón, militante radical que aparecía sorpresivamente, convocado nada menos que por la mayoría oficialista. Leguizamón ocupaba el noveno lugar en la lista y, sin embargo, fue llamado como si se tratara del heredero legítimo de la banca.
Pero la trama se tensó cuando también apareció el verdadero primer suplente, Fabián Firman, quien exigió que se le tomara juramento. Lo tuvieron en la antesala, como si fuese un extraño en su propia casa, hasta que tras un cuarto intermedio el radicalismo resolvió que el ingreso debía ser para Firman y no para Leguizamón. La UCR, al menos por unas horas, decidió no suicidarse políticamente.
El oficialismo, en voz del convencional Rodrigo Vera, no dudó en valorar la “madurez” de la oposición radical, ponderando que llegaran con propuestas y se prestaran a un debate “serio y razonable”. Un reconocimiento con tono paternalista que, lejos de ser inocente, buscó instalar la idea de un radicalismo funcional al régimen de Gildo Insfrán.
Del otro lado, Leguizamón estalló unas horas después, acusando a sus propios correligionarios de dejarlo “solo” para no quedar pegados a la foto de la colaboración. Su queja fue visceral: habló de traición, de oportunismo y de un radicalismo que, según él, prefirió sacrificarlo antes que cargar con el costo de ser visto como un alfil del peronismo provincial. “Me cagaron”, disparó sin eufemismos.
Mientras el radicalismo se debatía en su propia interna, la Convención siguió su curso y votó reformas de peso. Entre ellas: La paridad de género en la integración del Superior Tribunal de Justicia, “promoviendo” que al menos dos de sus cinco miembros sean mujeres.
La modificación de los artículos 166 y 167, reemplazando la vieja cláusula de “buena conducta” por los criterios de idoneidad y buen desempeño, e incorporando un límite de edad de 75 años para jueces y magistrados, con posibilidad de prórroga por cinco años más con acuerdo legislativo.
La reforma del Tribunal de Cuentas, que quedará integrado por un presidente y dos vocales, con mandatos de 8 años y posibilidad de reelección por un período consecutivo.
Todas fueron aprobadas sin mayores sobresaltos, algunas incluso por unanimidad según la presidente, Graciela De la Rosa, confirmando que la maquinaria oficialista funciona a pleno y que la oposición, cuando no se divide, se suma a la coreografía con propuestas puntuales que terminan legitimando el proceso.
Lo cierto es que, en medio de la novela de las juras, el oficialismo logró su cometido: exponer las fracturas opositoras y, de paso, proyectar la imagen de que la UCR se integra sin chistar a la maquinaria constituyente. Cada palabra aduladora de Vera, cada guiño institucionalista, fue un recordatorio de que la convivencia política en Formosa se construye entre sombras y silencios cómplices.
La oposición sigue atrapada en su laberinto. Entre el miedo a ser funcionales y la necesidad de no quedar afuera, entre la tentación de los cargos y la obligación moral de resistir, sus referentes parecen incapaces de ofrecer una línea clara. El caso de Leguizamón lo resume en una frase: un radical convocado por el gildismo, esperando una banca que no le correspondía, y terminando como chivo expiatorio de un partido que no sabe si quiere pelear o negociar.
La Constituyente avanza, con mayoría automática y adulaciones cruzadas. Lo que quedó claro ayer es que el radicalismo sigue siendo el socio incómodo de la historia: demasiado débil para marcar diferencias, demasiado temeroso para cortar el cordón, demasiado funcional para no ser usado. En Formosa, hasta una simple jura desnuda la verdad: el régimen se fortalece en cada contradicción de sus opositores.


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