
Servín y la compraventa de conciencias: el mercado persa de la política formoseña que revuelve el estómago
leonardo fernández acosta
La ética, en Formosa, parece ser un bien cada vez más escaso, casi una rareza arqueológica. El gobierno de Gildo Insfrán ha perfeccionado con los años un método que no necesita de represión abierta para sostenerse: le basta con abrir la billetera y salir de compras en el mercado persa de la política provincial. Allí, cuanto más marginal es la oferta, más barata resulta la adquisición.
El caso Servín no es ni el primero ni será el último. Pero expone con brutal claridad cómo el oficialismo se da el lujo de resucitar a personajes políticos en estado terminal —sin base, sin trayectoria, sin peso propio— con una promesa de rosas y abundancia. A cambio, estos “lúmpenes de la política” entregan lo único que les queda: la dignidad mínima de representar a quienes alguna vez confiaron en ellos.
Servín se convirtió en el mal ejemplo por excelencia. Pasó en tiempo récord de ser un absoluto desconocido a convertirse en vocero entusiasta del régimen, agradecido por favores recibidos y dispuesto a defender lo indefendible. No conforme con su obsecuencia, tuvo la osadía de ensalzar como “la mejor de toda la Argentina” a una Constitución reformada con un único objetivo: garantizarle a Insfrán otra reelección en el poder. Una farsa legitimada con frases huecas que intentan maquillar lo evidente: la reforma no moderniza, sino que petrifica.
Las palabras de Servín son una bofetada para una sociedad que ya está harta de ver cómo se compra y se vende la política al menudeo. Su discurso de agradecimiento —“me sentí muy bienvenido, escucharon mis aportes”— suena más a testimonio de un invitado a un banquete privado que a la reflexión de un convencional con responsabilidades históricas.
Y mientras tanto, la oposición aparece frágil, sin reflejos y con referentes que, puestos bajo la lupa, también tienen precio. Porque esa es la verdad incómoda: el poder compra porque hay quienes están dispuestos a lo que sea para salir del agujero de sus tristes vidas. Servín no es un accidente, es el síntoma. El síntoma de una oposición que ofrece más precariedad que resistencia, más necesidad que convicción.
Así, Insfrán no necesita inventar enemigos ni preocuparse por el desgaste: le basta con seguir comprando voluntades al por mayor. Y en Formosa, lamentablemente, la mercadería política sobra.


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