
$880.000 en Formosa de sueldo, $5.200.000 para un crédito hipotecario. La provincia caída de la reactivación
leonardo fernández acosta
Parece que la economía, en su lenta y ceremoniosa danza de indicadores y titulares, nos pide otra vez que creamos. El BBVA baja su tasa hipotecaria del 10,5% al 7,5%. Los analistas sonríen, hablan de "señales", de "un cambio de clima", de "mayor liquidez". Es una excelente noticia para las páginas de economía, un triunfo para la teoría monetaria. Mientras tanto, en la provincia de Formosa, un empleado público abre su recibo de sueldo: $880.000. Y la pregunta, casi obscena en su simpleza, es: ¿a cuánto está de acceder a un crédito hipotecario?
La respuesta es un abismo tan vasto que ni el más optimista de los economistas se atreve a medirlo con honestidad. El informe, entre líneas de optimismo cauteloso, traza la frontera real de este país: para aspirar a un departamento de USD 100,000, el banco exige ingresos de $5,2 millones. El empleado formoseño, con su salario que para muchos en su provincia sería una bendición, cobra apenas el 17% de esa cifra. No está a la mitad, ni a un tercio. Está a años luz de un crédito que, nos dicen, está volviendo a "ocupar un lugar central".
Es la cruel ironía de una "reactivación" que se celebra en los despachos de los bancos y las inmobiliarias de Puerto Madero, mientras excluye por diseño a la inmensa mayoría. El sistema financiero, en un acto de caridad condescendiente, se aplaude a sí mismo por reducir unos puntos una tasa que sigue siendo prohibitiva. Hablan de "requisitos muy restrictivos" con la misma frialdad con la que un médico describiría un síntoma terminal. El mensaje es claro: el crédito hipotecario UVA no es para la clase media que trabaja; es un producto boutique para una élite de ingresos altos, con "capacidad de ahorro sostenida". O sea, para quienes menos lo necesitan.
Se reactivan las consultas en las inmobiliarias, sí. Los CEO del sector respiran aliviados. El "Radar Inmobiliario" muestra un "crecimiento interanual del 35,7%" en escrituras. Un récord desde 2008. Suenan las campanas... para unos pocos. Para nuestro empleado, y para millones como él, no hay consulta que valga. Su sueño de la casa propia se estrella contra la aritmética inmutable de un banco que, incluso en su versión más "amigable" (el Nación al 8,5%), solo le prestaría lo suficiente para comprar, en el mejor de los casos, un monoambiente en el fin del mundo.
Y lo más cínico de todo es el lenguaje: "señal", "expectativa", "perspectivas buenas". Se construye un relato de recuperación sobre la espalda de quienes no podrán ser parte de él. Se anuncia una fiesta a la que solo se puede entrar con un sueldo en dólares. Mientras, el empleado público de Formosa, ese fantasma incómodo en el idílico cuadro de la reactivación, sigue ahí, con sus $880.000 en el bolsillo, mirando cómo el metro cuadrado en Buenos Aires registra "nueve meses de alza".
Esta no es una crítica a la tasa de un banco, sino al espejismo que pretenden vendernos. La economía puede mejorar en los papeles, pero si el acceso a la vivienda propia es un privilegio que requiere ganar cinco millones de pesos al mes, entonces no estamos hablando de una mejora económica. Estamos hablando de una exclusión financiera planificada. La hipoteca, al final, no es sobre una casa, sino sobre la esperanza de una vida que el sistema ya le hipotecó a otros.


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