
Caffa y la alquimia del modelo formoseño: convertir coparticipación en relato político
leonardo fernández acosta
En diálogo con la agencia oficial AGENFOR, el ingeniero Javier Caffa, administrador de la Dirección Provincial de Vialidad, aseguró con entusiasmo que “las obras en Formosa no se detienen”, y que el Gobierno provincial sigue ejecutando trabajos en toda la provincia, incluso tras el corte de financiamiento nacional.
La explicación de Caffa fue tan breve como reveladora: “Gracias a una administración eficiente, el Gobierno provincial ejecuta las obras con fondos propios”.
Hasta ahí, el discurso suena perfecto. El problema es que en Formosa no existen fondos propios de magnitud suficiente para sostener la cantidad de obras que el Gobierno muestra. Lo que sí existe es una coparticipación federal que representa cerca del 90% de los ingresos totales de la provincia, y un presupuesto armado con la misma lógica de hace décadas: centralización absoluta del gasto en manos del Poder Ejecutivo y control nulo de los organismos de contralor.
En otras palabras, cuando Caffa habla de “fondos propios”, en realidad está hablando de fondos nacionales, de dinero que envía el Tesoro Nacional en concepto de coparticipación automática y que Gildo Insfrán reorienta discrecionalmente. El eufemismo de la “eficiencia administrativa” sirve para encubrir la verdadera dinámica: usar los recursos de todos los argentinos para financiar un aparato político que se muestra autosuficiente solo en los discursos.
El relato oficial sostiene que Formosa puede seguir construyendo escuelas, hospitales, rutas y centros de salud con su propio dinero. Pero detrás de esa fachada se esconde un mecanismo clásico: desfinanciar áreas sensibles como educación, municipios o políticas sociales para mantener activa una obra pública mínima, visible y fotogénica, que sirva como propaganda del “modelo formoseño”.
Las declaraciones de Caffa no son ingenuas. Funcionan como parte del engranaje comunicacional del poder: reafirmar que el modelo de Insfrán no depende de la Nación, que se sostiene con “esfuerzo provincial” y que tiene capacidad de seguir avanzando incluso “sin ayuda”. Sin embargo, la aritmética es tozuda: si el 90% de los recursos son nacionales, y si las obras nacionales están paralizadas, la única forma de mantenerlas vivas es usar dinero que debería destinarse a otras obligaciones básicas.
Nada más lejos de la “eficiencia” que el relato intenta vender.
Formosa no es una provincia autosuficiente: es una provincia hiperdependiente de los giros nacionales, manejada con un nivel de opacidad que permitiría cualquier cosa menos transparencia.
Caffa puede mostrar bacheos, luminarias y vertederos recuperados. Lo que no puede mostrar —porque no existe— es un sistema de control presupuestario, auditorías independientes o licitaciones abiertas que justifiquen de dónde sale el dinero y a dónde realmente va. Porque si todo se hace con fondos “propios”, lo lógico sería poder mostrar el balance.
Pero en Formosa, como siempre, el balance no se muestra: solo se declama, se proclama y se repite.


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