Insfrán deliró en un acto escolar: insultos, teorías conspirativas y amenazas políticas

El gobernador formoseño utilizó una inauguración escolar para lanzar ataques contra la oposición, acusar al Gobierno nacional de “destruir la patria”, sugerir que Javier Milei debería estar “encerrado” y afirmar que la inteligencia artificial “se hizo desde el Pentágono para destruir”. Entre chicanas, discursos de odio y relatos épicos, volvió a presentar a Formosa como un modelo de “paz social” después de casi 30 años de poder absoluto.
14/05/2026leonardo fernández acostaleonardo fernández acosta

El último discurso de Gildo Insfrán fue una radiografía perfecta del modelo formoseño: propaganda, victimización, contradicciones y un nivel alarmante de desconexión con la realidad. En apenas diez minutos logró mezclar universidades, inteligencia artificial, encíclicas papales, conspiraciones extranjeras, dictaduras, insultos personales y pedidos de cárcel para el presidente de la Nación. Todo dicho desde el cómodo sillón de un gobernador que lleva casi tres décadas y media administrando una de las provincias más pobres y dependientes del país.

Insfrán arrancó hablando de educación y terminó haciendo campaña política y bajando línea partidaria en un acto escolar. Una vez más utilizó una inauguración pública financiada con recursos del Estado para construir un discurso ideológico contra el Gobierno nacional y contra sus adversarios políticos. La escena ya ni sorprende: en Formosa, el Estado y el aparato partidario hace años funcionan como una misma estructura.

La contradicción central del discurso es brutal. Insfrán habla como si fuera un dirigente opositor sin responsabilidad sobre la realidad provincial, cuando gobierna Formosa desde 1995. Critica el estado de las rutas nacionales, pero evita mencionar el estado de dependencia estructural en que quedó atrapada la provincia tras décadas de un modelo que nunca generó desarrollo privado genuino ni autonomía económica.

Habla de “justicia social”, pero Formosa sigue encabezando indicadores de pobreza, empleo público y atraso productivo. Habla de equidad, mientras miles de familias dependen políticamente del Estado para sobrevivir. Habla de amor y paz, mientras utiliza actos institucionales para atacar opositores y dividir a los propios formoseños entre “verdaderos” y “falsos”.

Porque ese es otro punto gravísimo del discurso: Insfrán volvió a apropiarse de la identidad provincial como si él tuviera autoridad moral para decidir quién merece ser considerado formoseño. “El formoseño nace donde quiere, pero tiene que amar a Formosa”, dijo, para luego insinuar que quienes piensan distinto no pueden ser considerados parte del pueblo.

Es un razonamiento profundamente autoritario. En democracia, amar a una provincia no significa obedecer al gobernador. Criticar al poder no convierte a nadie en traidor. De hecho, en cualquier sistema republicano sano, cuestionar a quienes gobiernan es una obligación ciudadana.

Pero quizás el tramo más preocupante fue cuando el mandatario dijo que cuatro años más de gobierno de Javier Milei deberían ser “en algún lugar donde estén encerrados”. Que un gobernador con casi 30 años de poder hable de encerrar adversarios políticos debería alarmar a cualquiera que valore mínimamente las instituciones democráticas.

Y todo esto mientras se presenta como defensor de la democracia y enemigo de la violencia.

También hubo lugar para el absurdo tecnológico. Insfrán afirmó que “la inteligencia artificial se hizo desde el Pentágono para destruir” y la vinculó directamente con la guerra. Una frase que parece más salida de una teoría conspirativa de otra época que de un gobernador que pretende hablar del futuro educativo y tecnológico de los jóvenes formoseños.

El problema es que el discurso ya no transmite liderazgo; transmite agotamiento. Insfrán habla como un dirigente atrincherado, obsesionado con enemigos externos y con la necesidad permanente de justificar por qué, después de 30 años de poder absoluto, Formosa sigue dependiendo de subsidios, empleo estatal y asistencia nacional.

Cuando dice que en Formosa existe una “paz social” única en el país, omite algo fundamental: la paz no puede construirse sobre el miedo, la dependencia económica y la concentración eterna del poder. Una provincia donde el oficialismo controla casi todos los resortes institucionales no necesariamente es una provincia armónica; muchas veces es simplemente una provincia donde pocos se animan a enfrentar al poder.

El discurso dejó otra evidencia incómoda: el gobernador ya casi no discute ideas. Descalifica. Se burla. Ridiculiza. Habla de “gorditos”, de enemigos internos y de conspiraciones extranjeras. Y eso suele pasar cuando el relato empieza a desgastarse y la realidad ya no acompaña.

Porque después de casi 30 años en el poder, culpar a otros ya no alcanza. La pregunta inevitable es otra: si Formosa sigue teniendo tantos problemas estructurales, ¿de quién es realmente la responsabilidad?

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