
El eterno desarme de la nada: el inútil bucle de Gendarmería en la frontera de Clorinda
leonardo fernández acosta
Como si se tratara de una ceremonia cíclica, personal de Gendarmería volvió a "desarmar" 25 pasarelas improvisadas hechas con pallets de madera en la frontera de Clorinda. El operativo, que en los papeles suena contundente, se revela en los hechos como parte de un bucle burocrático que no soluciona absolutamente nada.
Según informaron desde la fuerza, los pasos destruidos eran “puentes clandestinos” sobre el río Pilcomayo que conectaban de forma irregular con Paraguay. ¿La novedad? Ninguna. Los mismos puentes, los mismos pallets, el mismo operativo. Cambian las fechas del parte oficial, pero no cambia el fondo de una postal que retrata con crudeza el desamparo estatal en los límites de la patria.
La frontera norte, especialmente en la zona de Nanawa y Clorinda, vive en una precariedad estructural sostenida. El contrabando y el cruce informal de personas no es un fenómeno nuevo ni improvisado: es parte del paisaje. Un paisaje que el Estado observa con indiferencia y donde interviene solo para romper lo que, al día siguiente, volverá a levantarse. Literalmente.
El operativo de “desarme” incluye a varias unidades de Gendarmería: la Agrupación VI, los Escuadrones 15 y 16 y la Sección Antidrogas de Clorinda. Toda una maquinaria dispuesta para levantar unas maderas húmedas y sacarse la foto de rigor. Una imagen que, si se repasa la hemeroteca, se repite con inquietante exactitud cada pocos meses. La diferencia entre este operativo y los anteriores es solo la fecha del comunicado.
Las autoridades aseguran que estos controles “se realizan periódicamente para evitar el contrabando y el ingreso ilegal de personas”. Pero el resultado, tras años de repetir la escena, es desolador: los puentes vuelven a aparecer, porque el problema no está en los pallets, sino en la falta de una política de frontera seria, sostenible y humana.
La frontera en Clorinda no es una zona de seguridad nacional, sino una herida abierta donde el Estado parece jugar al gato y el ratón con los mismos palos de siempre. Un teatro costoso, ineficiente y ridículo, donde se combate el síntoma con fuerza pero se ignora olímpicamente la causa.
Mientras tanto, los pallets seguirán flotando sobre el Pilcomayo, esperando su próximo turno para la demolición oficial. Y así, una vez más, volveremos al comienzo del bucle.


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