
Sin edulcorante: la UCR habría pedido la Auditoría General de la Nación como rescate para no entregarle todo a Gildo
leonardo fernández acosta
Ni la caña con ruda puede espantar a los parásitos de la política formoseña. Agosto empezó como siempre: con un país empobrecido, una provincia sometida y una dirigencia opositora que se arrastra para ver qué consigue del poder que dice combatir. El gildismo, claro, se lleva todos los premios en materia de sumisión social, manipulación institucional y eternización antidemocrática. Pero los que se autoproclaman opositores han dejado de ser alternativa hace rato. Son otra pieza del engranaje, más mugrienta si se quiere, porque ni siquiera gozan del poder que ambicionan, pero igual se corrompen para sobrevivir.
El último papelón lo protagonizan LPT y los restos del radicalismo local. El senador Paoltroni, atado a su alianza espuria con los radicales de Naidenoff, se compró un problema: los asesores del ex senador ya empiezan a aterrizar como “ascriptos” en el cupo de su despacho, infiltrando lentamente esa estructura que se suponía “nueva” y “diferente”. De renovación, nada. De infiltración, todo.
La UCR, por su parte, decidió suicidarse con elegancia: pone de candidato a alguien como DIego Dos Santos, una figura sin peso, sin tracción, sin convicción. Un empleado más del Senado, otro más de los que cobran sin que nadie sepa si viven en Formosa o en el Caribe. Pero eso sí: se pasea por medios oficialistas avisando que, si la oposición no se arrodilla ante sus condiciones, irán solos a octubre. Es decir, no plantean un frente para ganar, sino una amenaza para dividir, favorecer al régimen y salvar las propias sillas.
La condición de los radicales de Naidenoff ya estaría planteada y de manera clara: quieren la Auditoría General de la Nación. A cambio, prometen no dividir la oposición en las elecciones. Una extorsión en el exacto mismo tono que maneja Gildo Insfrán desde hace décadas. ¿Qué les diferencia entonces? Nada. Sólo que uno gobierna con el látigo, y los otros mendigan con la cara más dura que el quebracho.
El operador del operativo, Juan Carlos Montiel, no habría tardado en hacer lo que mejor saben hacer los viejos zorros de la política formoseña: presionar a Atilio Basualdo (referente libertario en la provincia) para que ceda la Auditoría a cambio de una supuesta unidad. Si no, amenazan con ir solos, sabiendo que así aseguran la derrota y dos nuevas diputaciones nacionales para el peronismo de Insfrán. De nuevo: no buscan ganar, buscan acomodar.
Y por si quedaba alguna duda de que esto es una cueva de traidores, basta con mirar el destino de los viejos socios del poder. Zárate, quien hoy discursea desde el púlpito de la “oposición responsable”, goza de una jubilación de privilegio otorgada por la mayoría gildista en la Legislatura. Servicios prestados, dicen en voz baja. Nadie lo desmiente. Nadie lo investiga. Nadie lo explica.
Mientras tanto, la política formoseña toca fondo con una obscenidad que ni siquiera se disfraza. La UCR de Naidenoff , sí, la que alguna vez pretendió representar a Hipólito Yrigoyen, hoy opera como una pyme de extorsión, pactando con el régimen provincial y exigiendo cargos en organismos clave, como si fuesen los corsarios de un botín que ni siquiera ganaron en batalla.
La unidad de la oposición no llegará mientras los radicales de Formosa sigan entendiendo la política como una oportunidad para negociar cargos, y no como una obligación para derrotar al régimen feudal que aplasta a la provincia. Como decía Cristina, “van por todo”. Pero no por la democracia. Van por lo que les toca. Y si no se los dan, patean el tablero y le sirven la victoria al que dicen enfrentar.
La decadencia es tan cruda que ni vale la pena edulcorarla: la oposición formoseña ya no está en disputa con el poder, está integrada al poder. Y lo único que le preocupa es salvar sus ñoquis.


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