
Tres tristes tigres radicales: el aval roto del circo convencional de Gildo Insfrán
leonardo fernández acosta
Abandonados por la oposición con peso real, los tres convencionales radicales quedaron como figuritas de lujo en un circo político que solo beneficia al peronismo. Por aguantar la farsa fueron aplaudidos por lo más rancio del gildismo.
Cuando el bloque de La Libertad Avanza —hoy la fuerza opositora más representativa de la política formoseña— decidió retirarse de la Convención Constituyente luego de tres sesiones, quedaron solos en el recinto tres nombres que, lejos de representar la talla intelectual y técnica que exige una instancia de reforma constitucional, encarnan la más absoluta subestimación del rol constituyente por parte de la Unión Cívica Radical: Bernarda Benítez, Lucila Aguayo y Juan Carlos Montiel.
Un partido que se vanagloria de tener más de 130 años de historia, y que cuenta entre sus filas con abogados, doctores y técnicos capaces de discutir artículos y normas con solvencia, envió, por cálculo electoral y desinterés, a tres militantes sin preparación para el debate de fondo. La prioridad del radicalismo fueron las elecciones a diputados provinciales; la Convención, apenas un trámite menor.
Y así, cuando quedaron como los únicos opositores en un ámbito dominado por el peronismo, recibieron un trato preferencial: aplausos, guiños y hasta elogios por “mantenerse” en el recinto. Los peronistas les agradecieron por quedarse y les pidieron volver a “sus viejos principios”, esos que según ellos, eran más compatibles con el peronismo de antaño. El resultado: discursos largos, desordenados y con una alarmante pobreza argumental, coronando la irrelevancia de su papel.
El discurso que lo dice todo
El primero en hablar fue Juan Carlos Montiel, con un mensaje tan confuso como redundante:
“Realmente debo manifestar con mucha tristeza que el pueblo popular […] vino a poner en nuestro lugar para que los partidos políticos podamos sentarnos a discutir de tantos temas importantes que nuestra ciudadanía espera de nosotros. […] Pero lamentablemente […] las internas dentro de los partidos políticos aún no cicatrizan. […] Esto es lamentable porque se traslada aquí […] tenemos que ser sinceros, uno no tiene que molestar […] a la fecha, hay problema gravísimo de miseria […] hagamos las cosas con responsabilidad para recuperar la credibilidad que seguramente y estoy convencido que lo estamos perdiendo.”
Luego fue el turno de Lucila Agüero, quien apeló a la historia del partido y buscó marcar distancia de las acusaciones:
“No todos somos lo mismo, nosotros somos respetuosos y estamos representando 134 años de historia, no nacimos de un repollo. […] Nosotros no somos los que premiamos a los traidores, ustedes son los que premian a los traidores […] No queremos que nos agradezcan que nos quedamos […] nos quedamos en respeto a la gente que nos votó y que nos puso acá.”

Finalmente, Bernarda Benítez Bernal cerró con un alegato cargado de autoafirmación partidaria y un tiro directo a los libertarios:
“Es muy triste el nivel de debate que estamos sosteniendo […] Nosotros formamos parte de la oposición, […] pero somos la Unión Cívica Radical y tenemos nuestras banderas y nuestros principios y siempre las vamos a seguir sosteniendo […] no vamos a permitir que nos falten el respeto por unos libertarios.”

El radicalismo formoseño le dio a la Convención Constituyente un valor ínfimo, relegándola frente a la disputa electoral nacional. La permanencia de sus tres convencionales no significó una defensa férrea de principios, sino la aceptación de un papel testimonial que el oficialismo aplaude porque no incomoda.
Mientras tanto, la reforma constitucional avanza sin verdadera oposición, con discursos que más que interpelar al poder, parecen escritos para no molestar a nadie. Ya no queda nadie que pueda reemplazar la voz y los planteos de peso de Gabriela Neme, Atilio Basualdo o Francisco Paoltroni, cabezas visibles de una nueva oposición que, desde el minuto cero, denunciaron la simulación de una Convención que ya tiene la Constitución redactada en los escritorios del gildismo.
Ahora, lo que queda en el recinto son tres fantasmas radicales incapaces de problematizar los artículos delirantes del oficialismo. Las sesiones se han convertido en un monólogo de Vera y su coro de niños cantores. De los pocos artículos ya reformados, varios violentan abiertamente la Constitución Nacional, por lo que esta nueva carta magna provincial nace herida de muerte: no pasará un control en la Corte Suprema. Y todavía no han tratado ni el 30% del texto.
El problema del formoseño no son las discusiones a los gritos, sino el silencio cómplice de tres radicales que, disfrazados de respeto institucional, cumplen el triste rol de siervos del gobierno. Deberían haberse retirado junto a la oposición real, pero probablemente, cuando todo termine, reclamarán su jubilación de privilegio —que, aunque no figure en esta reforma, sigue vigente en las leyes actuales y puede exigirse judicialmente—.
El justicialismo aplaude que estos tres tristes tigres de la UCR sean su precario aval para cualquier cosismo. No es la primera vez, pero quizá sí la última, que el partido centenario se preste de "forro" para el negocio de los de siempre en el poder.


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