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La miseria del gildismo y la absoluta decadencia de un régimen que ya no celebra, solo prohíbe

En Formosa, el poder ya no gobierna: administra su propio miedo. La decisión del gobierno de Gildo Insfrán de prohibir a las escuelas participar del aniversario de Las Lomitas, solo porque el intendente es opositor, muestra la degradación absoluta de un régimen que perdió toda noción de Estado. En lugar de educar en libertad, se adoctrina en obediencia; en lugar de celebrar una comunidad, se la castiga por pensar distinto. La miseria política se volvió método de control, y la decadencia moral, su marca de identidad.
Locales07/11/2025leonardo fernández acostaleonardo fernández acosta
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El gobierno provincial prohibió la participación de escuelas en el aniversario de Las Lomitas porque el intendente es opositor. En Formosa, hasta la alegría necesita autorización política.

Una vez más, Formosa da la nota amarga de un modelo político que confunde el Estado con un feudo. En vísperas del 111° aniversario de Las Lomitas, el gobierno de Gildo Insfrán volvió a mostrar su rostro más crudo y autoritario: prohibió que las escuelas participen del desfile y los actos centrales de la ciudad, solo porque el intendente local, Atilio Basualdo, pertenece a la oposición.

Lo que podría haber sido una jornada de orgullo cívico y celebración comunitaria terminó convertida en una postal del miedo y el control. El régimen provincial, a través de sus delegados zonales, bajó una orden tajante: ninguna institución escolar debe participar de un acto que no tenga el sello del gildismo. Una medida ruin, pequeña, que desnuda una lógica de poder incapaz de tolerar cualquier espacio de alegría que no le pertenezca.

Porque lo que aquí se prohíbe no es un desfile: se prohíbe la autonomía, la expresión ciudadana, la posibilidad de que una comunidad celebre sin pedir permiso al caudillo. Lo que se castiga no es una gestión municipal distinta, sino la mera existencia de una mirada diferente.

Un gobierno que lleva casi tres décadas en el poder y que alardea de “unidad provincial” no puede tolerar un acto público que no controle. Prefiere dejar a los chicos sin fiesta antes que permitir que el color y la música de un desfile no sean parte de su maquinaria de propaganda. Es la definición misma del autoritarismo: negarle a la gente la posibilidad de celebrar si no es bajo la mirada del poder.

La miseria política de esta decisión es evidente. Un gobierno seguro de sí mismo no le teme a los festejos populares; uno que se dice popular no necesita reprimir la alegría del pueblo. Esta prohibición no nace de la fortaleza, sino del miedo. Y ese miedo habla más fuerte que cualquier discurso de “gestión y progreso”.

Pero lo más grave es el mensaje que se envía a los niños y adolescentes de Las Lomitas: que la educación y la participación dependen del color político del intendente; que los derechos se conceden o se retiran según la obediencia. Les están enseñando, con el peor ejemplo posible, que la libertad es una concesión del poder y no un valor ciudadano.

Mientras el relato oficial habla de comunidad, integración y derechos, la Formosa real —la que vive fuera de los actos protocolares— sigue siendo un territorio donde la obediencia pesa más que la justicia, y el silencio, más que la alegría.

El concejal, Pablo Basualdo lo resumió con crudeza: “En Formosa, hasta los desfiles parecen peligrosos si no están bajo control político del gildismo.” Triste y cierto. Porque cuando un gobierno necesita prohibir un acto cívico para reafirmar su autoridad, ya no gobierna: apenas administra su propio miedo.

La historia no recordará los nombres de los burócratas que firmaron la orden. Pero sí recordará el gesto: el de un poder que, incapaz de soportar la libertad, prefirió apagar la fiesta de un pueblo. En Formosa, el desfile prohibido quedará como símbolo de una decadencia moral que ni la propaganda puede disimular.

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