
Insfrán cambia un “paquete” por otro: De la Rosa se acomoda en lugar de Fernández Patri
leonardo fernández acosta
En Formosa no hay sorpresas, solo recambios. El Congreso del PJ, que cada tanto se vende como un evento de debate interno, no es más que la escenografía de una democracia que nunca existió dentro del oficialismo. Todos saben que allí no se decide nada: los nombres bajan directamente del “quinto piso” y los congresales solo cumplen el rol de levantar la mano para ratificar la voluntad de Gildo Insfrán. El resto es puro ruido, camionetas de alta gama estacionadas en el barrio molestando a los vecinos y la foto oficial para simular institucionalidad.
Esta vez, el “paquete” que se cambia tiene nombre y apellido: Graciela de la Rosa reemplaza a Ramiro Fernández Patri. Nada nuevo bajo el sol. Ambos comparten la misma característica: son beneficiarios eternos del aparato estatal, viviendo del Estado sin aportar absolutamente nada a la construcción de una política moderna ni a la defensa de los intereses de los formoseños. Fernández Patri vegetó durante años en el Congreso nacional, convertido en un diputado fantasma, invisible para la agenda nacional y ausente de los grandes debates. Un testigo más del poder de Insfrán, cuyo mayor mérito fue obedecer en silencio.
De la Rosa, por su parte, es otra muestra del reciclaje permanente con el que el gildismo premia la lealtad y castiga la disidencia. Hace más de dos décadas que ocupa cargos públicos, saltando de función en función, siempre sostenida por la maquinaria oficial. Su última actuación conocida fue presidir la Convención Constituyente que terminará aprobando, a los empujones, la reforma “socialista” de Insfrán. Allí su rol no es menor: se encarga de garantizar la censura sistemática a la oposición, inclusive provocó la retirada completa de los convencionales opositores. Ese es el verdadero “mérito” que la posiciona hoy como candidata: obediencia ciega y capacidad para ejecutar sin chistar las órdenes del poder.
Lo que llama la atención no es que Insfrán repita la fórmula del enroque, sino la obstinación en proponer dirigentes sin ninguna proyección electoral, que en cualquier otra provincia tendrían un costo político altísimo. Pero en Formosa, con un aparato aceitado, abundante financiamiento estatal y una estructura que se alimenta del miedo y la dependencia, se puede sostener a cualquiera, por más que no tenga ni un voto propio. La experiencia de Fernández Patri es una prueba irrefutable: un diputado sin voz ni presencia pudo atravesar varios mandatos gracias a la maquinaria del justicialismo provincial.
Sin embargo, esta vez aparece un movimiento que revela que, detrás de la soberbia, también existe cálculo. El segundo lugar en la lista será ocupado por Fabián Cáceres, hombre del intendente capitalino Jorge Jofré. No es un dato menor: Insfrán sabe que las elecciones nacionales son otro terreno, donde el aparato provincial no siempre garantiza resultados. Ya lo sufrió en 2023, cuando la ola Milei sorprendió al gildismo y lo obligó a redoblar esfuerzos para contener la fuga de votos. Ahora, sumando a la estructura de la intendencia de la ciudad de Formosa, busca blindar la lista y evitar que la oposición se meta en el reparto de bancas.
El acuerdo con Jofré, aunque disfrazado de unidad partidaria, responde a una necesidad estratégica: asegurar que las dos bancas de diputados nacionales queden en manos del oficialismo. La jugada es clara: sumar y no restar. Y de paso, obligar a un jefe comunal que amagó con cierta autonomía a alinearse bajo el paraguas del gobernador.
En definitiva, nada cambia. Se reciclan nombres, se renuevan caras cansadas y se reproducen los mismos privilegios. Los ciudadanos seguimos siendo espectadores de un sistema cerrado donde las candidaturas se deciden en un sobre lacrado, lejos de cualquier debate interno, de la competencia democrática o de la voluntad popular. El Estado, financiado con el bolsillo de todos, sigue sosteniendo la ficción de un partido que ya no representa otra cosa que los intereses de un solo hombre.
Formosa no elige: obedece. Y lo hace bajo un esquema que se ha vuelto tan rutinario como perverso: Insfrán decide, el aparato ejecuta y los nombres se reciclan. Lo demás, apenas maquillaje para seguir simulando que aquí todavía existe política.


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