
Los auditores de la nada: la historia de quienes nunca controlaron nada y hoy son candidatos por Insfrán
leonardo fernández acosta
Como en aquellos años 80 donde “Los Abuelos de la Nada” marcaron una generación con canciones que hoy son parte del cancionero popular, la política argentina también tiene sus propios “Auditores de la nada”: personajes que ocupan sillones de control, cobran sueldos del Estado, pero jamás dejan huella alguna de su paso por esos cargos. La diferencia es que en la música aquellos dejaron himnos, mientras que en la función pública estos no dejan ni un mísero informe y en sentido contrario se han vuelto millonarios.
La Auditoría General de la Nación es un ejemplo brutal. En plena gestión de Javier Milei, el organismo está semivacío: seis de sus siete auditores vencieron mandato y nadie se preocupa por renovarlos. Lejos de resolver el vacío, el Presidente fantasea con privatizar auditorías y reconfigurar la AGN para asegurarse mayoría propia. En resumen, un control que solo sirve para simular que alguien controla.
Pero esta decadencia no empezó ayer. Graciela de la Rosa, que llegó a ser Auditora General de la Nación, pasó por el organismo sin pena ni gloria: ninguna intervención pública, ningún informe relevante, ni un solo gesto de independencia respecto al poder político que la amparaba. Fue, como tantos otros, una auditora de la nada.
La réplica local no se queda atrás. Fabián Cáceres, auditor de la empresa de transporte urbano de la ciudad de Formosa, tenía en sus manos un sistema plagado de denuncias, incumplimientos y deudas millonarias. Y, sin embargo, nunca se conoció de él un informe, una advertencia o un planteo. La empresa de colectivos sigue acumulando fracasos, mientras el auditor brilló por su silencio.
Lo curioso es que el pasado los vuelve a reunir: hoy tanto De la Rosa como Cáceres son candidatos del gildismo a diputados nacionales. Es decir, quienes nunca controlaron nada ahora pretenden ocupar bancas en el Congreso. La trayectoria se explica sola: de auditores de la nada a legisladores de la obediencia.
Estos casos son parte de una enfermedad crónica: los organismos de control colonizados por la política partidaria. Cargos que deberían ser técnicos, independientes y severos se transforman en premios de consolación o refugios para amigos del poder. Y en Formosa, el asunto alcanza su máxima expresión. Uno de los grandes logros de Gildo Insfrán ha sido anestesiar la participación ciudadana en el control del poder público, hasta conseguir que ningún organismo lo controle. Un control desactivado es la condición ideal para un régimen que se perpetúa sin rendir cuentas.
La paradoja es que, mientras Los Abuelos de la Nada legaron canciones que aún hoy cantamos, nuestros “Auditores de la Nada” solo dejan vacío, complicidad y silencio. Y en ese silencio florecen la corrupción, los servicios públicos colapsados y la impunidad.


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