
Los radicales vuelven al encierro político para cuidar sus kioscos
leonardo fernández acosta
El resultado fue lapidario: la Unión Cívica Radical de Formosa tocó fondo con un 3,66% de los votos, su peor elección en toda la historia. De aquel partido que supo disputar poder y marcar agenda no queda más que una estructura vacía, un comité cerrado sobre sí mismo y una conducción que parece disfrutar de su propio aislamiento.
Aliados esta vez a Libres del Sur, una agrupación de izquierda testimonial con menos votos que un centro de estudiantes, los radicales formoseños decidieron suicidarse políticamente en nombre de una pureza ideológica que nadie les pidió. Miguel Montoya, presidente del Comité Provincial y autoproclamado custodio del “radicalismo verdadero”, logró lo imposible: hacer irrelevante al radicalismo en la provincia que más necesitaba una oposición organizada.
Lejos de hacer autocrítica, Montoya eligió el camino más fácil: negar la realidad. En lugar de reconocer el fracaso, culpó al electorado por no entender, a Milei por existir y al “voto plebiscitario” por el derrumbe. “Nosotros quedamos en el medio”, dijo, como si el problema fuera la polarización y no la ceguera de una dirigencia que vive en el limbo político.
Los números son brutales: el 88% de los afiliados radicales votó por Atilio Basualdo y La Libertad Avanza, mientras que el 92% de quienes apoyaron al Frente Amplio Formoseño migraron al espacio libertario. Es decir, la estructura partidaria se quedó sin base, sin aliados y sin representación. Pero Montoya y su pequeño círculo prefieren seguir administrando el kiosco partidario antes que abrir el debate interno.
Y por si algo faltaba, la diputada provincial Agostina Villaggi decidió ir todavía más lejos: lejos de reconocer la catástrofe electoral, anunció con entusiasmo que el radicalismo ya tiene candidato propio para gobernador en 2027. Una declaración tan prematura como delirante para un partido que ni siquiera logra reunir un comité abierto. En lugar de una autopsia política, optaron por la negación mística, como si con una frase se pudiera resucitar a un muerto.
El radicalismo formoseño eligió encerrarse antes que renovarse. Prefirió las reuniones de comité a puerta cerrada, los cargos de papel, los comunicados anodinos y los discursos vacíos, mientras afuera la política real se reconfigura sin ellos. Su rol histórico de control republicano y alternativa democrática se perdió entre las internas, los egos y los sellos de goma.
Lo más triste no es la derrota, sino la indiferencia. La UCR no solo fue barrida de la conversación política: ya nadie la espera. Montoya podrá seguir culpando a los demás, y Villaggi podrá soñar con candidaturas imaginarias, pero los formoseños ya entendieron que el radicalismo local se convirtió en lo que juró combatir: una estructura burocrática sin pueblo, sin calle y sin futuro.


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