
Del autor de "que se vaya con su macho" a la denuncia desaparecida por pegarle a su esposa
leonardo fernández acosta
En los confines de nuestro querido país, donde el asfalto se funde con el monte, se erige un feudo político tan perfectamente ensamblado que casi podría considerarse una obra de arte. Un arte, claro está, de esos que no se expone en galerías, sino en la crónica roja y en los expedientes judiciales dormidos. Hoy nos referimos a ese peculiar modelo de gestión municipal y casi provincial donde la línea entre lo público y lo familiar es tan tenue como la moral de quien la transgrede.
Hablamos, en tono potencial y con la elegancia que el sarcasmo permite, de ese arquetipo del caudillo local que, con una sonrisa que no llega a los ojos, lleva décadas gobernando su pequeño reino. Un reino donde los apellidos se repiten en las actas de sesiones, en los contratos de obra y en las listas de sueldos, con una familiaridad que haría sonrojar a cualquier manual de transparencia.
Aquí, el nepotismo no es una desviación; es el plan de gobierno. Los hijos presiden y vicepresiden el concejo, mientras sus empresas, casualidad del destino, se alzan con las licitaciones públicas. La esposa, por su parte, escala desde la función local hasta la banca provincial, en una demostración de meritocracia conyugal que desafía toda lógica. El municipio, así, se convierte en un patrimonio, una finca donde los puestos son heredados y la oposición, un estorbo que se sanciona, se zanjea o se insulta.
Y qué decir del estilo dialéctico de nuestro protagonista. Lejos de la compostura esperable, ha cultivado un repertorio de intervenciones públicas que mezclan la grosería escatológica con la misoginia más ramplona. Sus discursos no son propuestas, sino improperios; sus chistes, armas cargadas de desprecio.
El episodio en el que, montado a caballo como un centauro de la intolerancia, le espetó a una legisladora que “se vaya con su macho” no es un desliz, sino la esencia de un método: la humillación como herramienta política. Es el mismo hombre cuyas bromas en redes sociales suelen rozar y superar lo soez, demostrando que para algunos, el escarnio es el único lenguaje que conocen.
El misterio más inquietante, sin embargo, es la capacidad de evaporación de las denuncias. Como por arte de magia, una magia negra, ejercida desde el poder, las acusaciones de abuso de autoridad, de enriquecimiento ilícito o de represión a opositores se disuelven en el aire denso del provincialismo. Se archivan, se pierden, se convencen. Y en las últimas horas, rumores sordos hablan de una denuncia aún más oscura, la de una violencia doméstica que habría dejado marcas. Marcas que, según el relato no confirmado, coincidirían con el rostro de la esposa y diputada. Pero, como en un guion repetido, la denuncia se presenta y la afectada desaparece de la vista pública. ¿Dónde está la señora? ¿La habrán convencido de no salir? Cabría preguntarse qué tipo de convencimiento se necesita para que una figura pública se oculte tras una agresión. En este reino, hasta las víctimas son silenciadas por el aparato que las debería proteger.
He aquí, pues, la paradoja final: este sistema, donde una familia acapara todos los resortes del poder, donde el insulto sustituye al debate y donde las denuncias se esfuman, se perpetúa electoralmente. Se viste de democracia para vaciarla de contenido. El clientelismo no es un vicio; es el cemento que une las paredes del feudo. Y así, entre zanjas abiertas para impedir el paso de rivales y sesiones concejales donde se sanciona a los disidentes, se escribe la crónica de un autoritarismo pintoresco, pero no por ello menos dañino.
Al final, la pregunta que flota en el aire caliente de la llanura es incómoda: ¿hasta cuándo una comunidad entera permitirá ser gobernada no como ciudadanía, sino como rebaño de un patrimonio familiar? El señor de la pradera, entre chistes de mal gusto y contratos jugosos, podría creerse intocable. La historia, sin embargo, suele tener un último guion irónico para quienes confunden el poder con la impunidad. Solo el tiempo y el valor de quienes decidan romper el silencio lo dirá. O, en este caso, lo gritará.


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