
Fe bajo sospecha: cuando el púlpito se convierte en tribuna del poder
leonardo fernández acosta
Mientras en las calles de Formosa crecen la pobreza, la falta de oportunidades y el hartazgo social, en los templos también se juega la política. No por abajo, desde la fe del pueblo, sino por arriba, desde los altares cooptados por el poder.
En una reciente reunión de la Iglesia Evangélica en la Jurisdicción 5, el Pastor Apóstol Ramón Leiva ofició algo más que una ceremonia espiritual: fue anfitrión y vocero de la maquinaria electoral del "Modelo Formoseño".
Lo acompañaban candidatos oficialistas, incluida la eterna Graciela de la Rosa, en un encuentro donde lo religioso quedó reducido a decorado. Se habló de fe, sí. Pero también de votos.
Se invocó a Dios, claro. Pero se bajó línea por la boleta azul completa. El pastor bendijo, y luego pidió que todos voten como manda el gobierno. Amén.
La escena revela una peligrosa simbiosis entre religión y política. El pastor Leiva, lejos de predicar valores universales, se muestra como un operador más del régimen de Insfrán, usando el púlpito como plataforma de propaganda.
No hay aquí caridad cristiana ni compromiso ético con los más necesitados. Hay cálculo, conveniencia y un pacto tácito: vos me das visibilidad y protección, yo te entrego los fieles.
La fe, que debiera ser refugio en tiempos de desesperanza, se vuelve así herramienta de control. Los altares se convierten en comandos electorales. Los pastores en punteros. Y el mensaje divino se deforma para adaptarse al guion del poder.
La fatalidad no es solo la hipocresía, sino su aceptación como algo natural. Que los dirigentes religiosos negocien con el Estado prebendas, cargos o canonjías, disfrazadas de “acompañamiento espiritual”. Que se arrodillen no ante Dios, sino ante el gobernador eterno.
Mientras tanto, los verdaderos religiosos, los que creen en la dignidad, la justicia y el amor al prójimo, asisten con dolor a este nuevo saqueo simbólico: el de su fe transformada en herramienta electoral.


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