
Casadei, el concejal decorativo: ni gestión, ni ética, solo parentesco
leonardo fernández acosta
Enzo Casadei habla. Como si tuviera algo que decir. Como si tuviera autoridad, legitimidad, o siquiera una trayectoria mínima que lo avale. Como si no hubiera entrado al Concejo Deliberante de Formosa con el viento a favor que generó el esfuerzo y el sacrificio personal de otros. De otra, en particular: Julieta González.
La historia es sencilla. Mientras Julieta enfrentaba la pandemia en la calle, denunciando violaciones a los derechos humanos, bancando la represión, la cárcel y hasta causas judiciales por oponerse a un sistema autoritario, Casadei tomaba café en Puerto Madero. Literal. El joven concejal con apellido “de cuadro radical” jamás se ensució los zapatos ni en una marcha ni en un merendero. Pero cuando su tío, el eterno operador Luis Naidenoff, necesitó a alguien dócil para ocupar una banca “asegurada”, convencieron a Julieta de bajarse de la candidatura a cambio de un sueldo como empleada legislativa. Fue una mala decisión, y Casadei trepó.
Subió al Concejo, sí. Pero sin mérito. No por militancia, no por ideas, no por gestión. Subió como tantos otros: por acomodo. Por ser pariente. Por ser parte de la maquinaria oxidada del radicalismo formoseño, que hace rato ya es más una sociedad de empleos familiares que un partido político.
Casadei, además de advenedizo, fue un concejal decorativo. No hay un solo proyecto relevante que haya impulsado en cuatro años. Y ahora, con el aparato de Naidenoff y su primo chaqueño Zdero detrás, ni siquiera logró renovar su banca. Su carrera política, si alguna vez lo fue, se evaporó sin pena ni gloria. Pero no se preocupen: algún cargo en el Chaco con el gobernador pariente de su tío seguro lo espera. Porque el radicalismo de casta nunca deja a los suyos sin pan.
Lo tragicómico es que ahora se da el lujo de pontificar. Cruzó públicamente a Gabriela Neme por denunciar lo que todo Formosa sabe: que el radicalismo es funcional al gildismo. Que entrega bancas. Que acomoda cargos. Que premia obsecuencias. Y que se rasga las vestiduras por una democracia que traiciona en cada elección.
Casadei dice que acepta la derrota con “madurez y paz interior”. Claro, con un cargo esperándolo y sin haber puesto nunca el cuerpo por nadie, la “paz” es barata. También dijo que la Ley de Lemas fue injusta porque lo dejó afuera, misma ley metió a Ramiro Saavedra con menos votos. Pero qué se puede esperar de alguien que ni siquiera entiende las reglas electorales básicas del lugar donde legisla. Compara la situación con la de la diputada de Nuevo País y entre otras cosas de las tantas que desconoce, no sabe que el piso no se aplica en el Concejo Deliberante.
La frutilla del postre fue su ataque a Neme. La acusó de hacer “berrinches” porque no protagoniza, de “bochorno” por denunciar fraude y, como buen burócrata radical, cerró con moralina: “La UCR no está para cumplir caprichos”. No, claro. Está para colocar primos, reciclar mediocres y simular oposición mientras negocia con Insfrán.
Enzo Casadei es el perfecto ejemplo del radicalismo en ruinas: sin épica, sin territorio, sin ideas. Solo herencia, cargos, y la impunidad de los que creen que la política es un club de amigos.
Y a todo esto, Julieta González sigue pagando el precio de haberse bajado. La única que luchó. La única que enfrentó al poder real. La única que no fue premiada. Mientras tanto, Enzo ya debe estar revisando precios de departamentos en Resistencia.


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