
Apostillas de una convención constituyente: una “modernización” judicial de la mano de quien nunca pisó un tribunal
leonardo fernández acosta
La Convención Constituyente de Formosa sigue dejando escenas que parecen extraídas de una sátira política. Una de las más pintorescas la protagonizó la convencional Valeria Ruth Méndez, quien se encargó de defender las modificaciones al Poder Judicial incorporadas en la nueva Carta Magna.
Según Méndez, los cambios representarían una “ventaja sustancial” y un salto de modernidad en la administración de justicia. Lo curioso —o lo escandaloso— es que la convencional es abogada, pero jamás ejerció la profesión en el foro local, nunca litigó en la Justicia provincial y mucho menos conoce los pasillos de un tribunal como profesional independiente. Su carrera, más bien, estuvo ligada a la comodidad del empleo público: es planta permanente del Poder Legislativo.
En otras palabras: alguien que nunca tuvo contacto real con el Poder Judicial fue la encargada de explicar a la sociedad las supuestas bondades de la reforma en ese mismo ámbito. Así de impresionante —o grotesco— resultó el circo convencional, donde personas sin experiencia práctica en áreas clave de la administración pública terminaron leyendo o aprendiéndose de memoria la modificación de artículos que ahora impactarán en el diseño institucional de la provincia.
Estoo marca el nivel de superficialidad la superficialidad con la que se validaron credenciales en una Convención que, lejos de convocar a especialistas de peso, funcionó como una escribanía del poder.
La contradicción en carne viva
Mientras se vendía la idea de un “salto cualitativo” hacia la modernidad judicial, el mensaje lo transmitía alguien que no sabe qué es sostener un expediente en tribunales, esperar horas para una audiencia o litigar frente a un juez. Es la contradicción en carne viva: quienes jamás sufrieron las falencias reales del sistema judicial formoseño fueron los encargados de “corregirlo” en la Constitución.
El resultado, más que un avance, es una puesta en escena: reformas redactadas al servicio del poder político, legitimadas por voces que desconocen la materia sobre la que opinan. La modernización, entonces, no es otra cosa que un discurso vacío para encubrir un proceso que nació viciado: la ampliación del control político sobre la Justicia.


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