
Clorinda: Insfrán inaugura oficina de recaudación en una ciudad fantasma donde el comercio está fundido
leonardo fernández acosta
Clorinda atraviesa una crisis comercial profunda y visible en cada cuadra del casco urbano. Locales cerrados, persianas bajas, carteles de alquiler, veredas sin circulación y un paisaje económico que contrasta brutalmente con el relato oficial. En el último año, la actividad comercial de la ciudad cayó entre un 60 % y 70 % en ventas, según referentes empresariales locales, y se estima que al menos un 30 % de los locales habilitados dejaron de operar, mientras que en algunos tramos del centro hubo cuadras donde hasta 15 comercios cerraron en un solo mes. Muchos no resistieron el derrumbe del consumo, el aumento de costos fijos, la pérdida de competitividad fronteriza y una presión impositiva que se volvió imposible de sostener.
La razón de fondo es clara: Clorinda perdió su histórica ventaja como ciudad de frontera. El flujo de compradores paraguayos disminuyó drásticamente por la pérdida de diferencia de precios y las demoras para cruzar, mientras que los consumidores locales, golpeados por la recesión, redujeron el gasto al mínimo. El resultado es una economía en coma, con comercios que no facturan, que no pueden cubrir alquileres ni servicios, y que terminan cerrando sus puertas.

Y sin embargo, frente a ese escenario, el gobernador Gildo Insfrán eligió una respuesta que resume como pocas veces la escala de prioridades del poder provincial: inauguró diez cuadras de asfalto, algunos tramos de ripio y una renovada oficina de recaudación de la Administración Tributaria Provincial. En una ciudad donde decenas de negocios bajaron las persianas, el Estado decide modernizar primero su máquina de cobrar.
Es el gesto mínimo convertido en épica. Obras elementales, propias de una administración municipal básica, presentadas como hitos de gestión provincial. Ripio y pavimento celebrados en actos oficiales mientras el corazón económico de la ciudad se apaga. Pero el dato central no está en el asfalto. Está en la decisión política de priorizar una oficina fiscal en una ciudad vaciada de actividad privada. Clorinda se queda sin comercios, pero la estructura recaudatoria se fortalece.
En ese mismo acto, Insfrán volvió a cargar contra el Gobierno nacional. Aseguró que “tenemos el peor Presidente de la historia, quien está entregando y empobreciendo a nuestro país”, y criticó que la gestión de Javier Milei es “muy firme con los que menos tienen, pero dadivosa con los poderosos”. Denunció que el Presupuesto Nacional aprobado es “un presupuesto de pobreza”, al destinar “0,88% del PBI para educación gratuita, pública y de calidad, cuando Néstor Kirchner había fijado el 6% del PBI”, algo que, “ni siquiera en el Gobierno de Mauricio Macri sucedió”.
Luego profundizó la crítica al señalar que el superávit se logra “con el hambre del pueblo, a costa de los jubilados, las personas con discapacidad, la ciencia y la tecnología”, concluyendo con ironía: “así cualquiera puede lograr un superávit”. Sin embargo, el contraste es inevitable: mientras denuncia ajuste y empobrecimiento, inaugura en Clorinda una oficina de recaudación para aumentar la presión fiscal sobre una economía ya devastada. Mientras acusa insensibilidad social al Gobierno nacional, no anuncia una sola medida para sostener al comercio local: ni créditos, ni incentivos, ni alivio impositivo, ni programas anticierre. Nada.
Treinta años de poder provincial no alcanzaron o no quisieron destinarse, para enfrentar la crisis cíclica del comercio fronterizo. Treinta años sin una política estructural para la economía de frontera. Treinta años repitiendo el mismo esquema: Estado fuerte para cobrar, Estado ausente para producir.
El intendente Ariel Cañiza habló de “grandes expectativas” por las obras. ¿Expectativas para quién? ¿Para comerciantes que ya no pueden pagar un alquiler? ¿Para empleados que perdieron su trabajo? ¿Para una ciudad donde las ventas cayeron hasta 70 % y los locales vacíos se multiplican? No hubo una sola palabra dirigida a ellos. No hubo alivio, ni propuesta, ni perspectiva. Sí hubo discurso, liturgia… y sed de recaudación a futuro.
Clorinda puede convertirse en una ciudad fantasma, pero la oficina fiscal debe funcionar impecablemente. Ese es el mensaje. Un aparato listo para seguir cobrando sobre lo poco que queda en pie. Insfrán cerró su discurso llamando a mantener la fe y la esperanza, evocando los años 2000–2001. Pero la realidad clorindense no se resuelve con consignas: se resuelve con decisiones que hoy no aparecen.
Porque mientras el comercio se derrumba, el Gobierno provincial elige celebrar ripio, asfalto y una nueva oficina de impuestos. Y ningún acto por más grandilocuente que sea puede ocultar esa distancia brutal entre el relato oficial y la vida real de los clorindenses.


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