Acto del PJ, una humillación en cada elección: el disfrazado viaje a la esperanza con destino final en la dependencia

Los trasladan como ganado, pero les prometen libertad. Viajan en un camión volcador hacia un acto político, creyendo que participan de la democracia, cuando en realidad son piezas de un sistema perverso que los condena, una y otra vez, a votar por quienes los mantienen pobres, dependientes y callados. No es una movilización: es una humillación institucionalizada.
Opinión31/05/2025leonardo fernández acostaleonardo fernández acosta
camion
No van a un acto: los llevan al altar de su propia miseria. Suben en silencio a la caja de un camión como si no valieran nada. Pero valen: valen votos. Valen aplausos. Valen como carne de estadística para eternizar a quienes los necesitan pobres, dependientes y agradecidos por las sobras del poder.

No es la frontera entre México y Estados Unidos. Tampoco es la que separa a Venezuela de Colombia. Aunque cueste creerlo, la escena ocurre en territorio argentino. Y no es nueva. Un camión volcador, de esos destinados a cargar escombros, tierra o ganado que avanza por las calles de Formosa llevando en su caja abierta a personas, entre adultos mayores, mujeres, hombres y hasta niños. No huyen de la guerra ni de un desastre natural. Son los "movilizados" al acto de lanzamiento de los candidatos del Partido Justicialista que responde a Gildo Insfrán.

La postal, grotesca y desesperanzadora, se repite cada año electoral, cada acto político, cada puesta en escena del poder. Y lo más grave no es sólo el hecho en sí, sino la naturalización. Nadie detiene el camión. Ninguna autoridad interviene. Ningún fiscal investiga. Nadie se escandaliza dentro del sistema. Porque este tipo de violencia, una violencia que no deja marcas visibles, pero sí cicatrices hondas en la dignidad, está institucionalizada, es parte esencial del funcionamiento del régimen.

Si cualquier ciudadano transportara personas en esas condiciones por las calles de Formosa sería detenido de inmediato por violar normas de tránsito y poner vidas en riesgo. Pero si el objetivo es llenar un acto del PJ en el Club San Martín, entonces no hay ley que rija. La policía, tan celosa para reprimir manifestaciones docentes o desalojar a familias sin techo, prefiere mirar hacia otro lado. En este contexto, la ley no es un principio general, sino un instrumento que se aplica o se ignora según convenga al poder de turno.

Este episodio no es aislado. Es apenas un fragmento visible del sistema perverso que gobierna desde hace décadas a Formosa, y que se replica con variaciones en otras provincias del norte argentino: feudos modernos donde la pobreza no es una tragedia, sino una herramienta de control. Lugares donde la democracia se reduce a un ritual vacío y donde la dependencia económica garantiza la lealtad política. Porque el acarreo de militantes no se hace por fervor partidario, se hace por necesidad. Porque quien no se sube al camión, muchas veces, se queda sin plan, sin trabajo, sin la bolsa de comida, sin la "ayuda" estatal.

El camión volcador no lleva cuerpos. Lleva historias truncadas. Lleva generaciones condenadas a no despegar jamás del suelo. Los adultos mayores, que conocieron otras formas de participación política, quizás entienden que algo está mal, pero ya no tienen fuerzas para resistir. Los adultos en edad productiva han sido moldeados por el sistema: saben que no hay otra salida que obedecer, callar y estar presentes donde se los ordene. Y los niños, los niños aprenden desde temprano que el Estado no es una garantía de derechos, sino un patrón que da o quita según el grado de sumisión.

Formosa no es la excepción. Es un síntoma. Santiago del Estero, Tucumán, Chaco, La Rioja, y otras provincias también funcionan bajo lógicas similares. El clientelismo, el miedo, la cooptación del aparato judicial, la compra de medios de comunicación, la persecución a voces disidentes y la utilización del Estado como botín político conforman un ecosistema cerrado, impermeable al progreso real. Son territorios que, aunque estén dentro del mapa nacional, viven al margen del desarrollo, de la innovación, del debate abierto. Como si fueran otro país, una república paralela regida por los tiempos del caudillismo más rancio.

El resto del país asiste con una mezcla de indiferencia y desconcierto. Buenos Aires, Córdoba, Rosario debaten la inteligencia artificial, la transición energética, las startups tecnológicas y la educación del futuro, mientras en el Norte profundo se sigue transportando gente en la caja de un camión para que aplauda a los mismos de siempre. La brecha no es sólo económica: es moral, es institucional, es civilizatoria.

Sin duda hay dos Argentinas. Una que intenta avanzar, con todas sus contradicciones. Y otra que está atrapada en una lógica medieval, donde el poder no se discute, se obedece. Donde los votos se gestionan como mercancía y la pobreza es el terreno fértil para perpetuar estructuras mafiosas disfrazadas de gobierno.

El camión es la metáfora perfecta. No solo por su brutalidad, sino por lo que representa: un sistema que no transporta ciudadanos, sino súbditos. Que no construye ciudadanía, sino servidumbre. Que no apuesta al desarrollo humano, sino a la supervivencia controlada. Y mientras el camión siga avanzando, mientras nadie se atreva a frenarlo, la democracia seguirá siendo, en muchas provincias argentinas, apenas una escenografía.

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