
Devolver libertades era el lema: perseguir periodistas es la práctica
leonardo fernández acosta
El Presidente rompió el silencio tras la difusión de los audios atribuidos a su hermana Karina, secretaria general de la Presidencia, y en lugar de dar explicaciones eligió el recurso habitual: disparar contra los periodistas. “Estos espías que se disfrazan de periodistas quieren desviar la atención del tema real. No están por encima de la ley”, escribió Milei en su cuenta de X, como si el verdadero problema fueran quienes informan y no los hechos que salpican al Gobierno.
La estrategia no es nueva. Cada vez que el oficialismo queda enredado en un escándalo, en lugar de rendir cuentas ataca al mensajero. Lo hizo con las críticas económicas, lo repite ahora con la crisis política que desató la filtración de conversaciones en el más alto nivel de la administración libertaria.
El fallo judicial que ordenó garantizar el acceso a la información y la protección de las fuentes periodísticas choca de frente con la obsesión presidencial de instalar la idea de que detrás de cada investigación hay una “red de espionaje ilegal”. Milei confunde —o pretende confundir— periodismo con conspiración.
Todas estas embestidas carentes de racionalidad lo ponen cada vez más lejos de aquel que prometió devolverles a los argentinos una vida de respeto por las libertades. Milei recorre desde el inicio de su gobierno un camino peligroso de censura y persecución, un sendero que ya se vio en Formosa cuando Karina Milei y Martín Menem visitaron la provincia. Allí, uno de los secretarios del titular de Diputados intentó desacreditar a periodistas locales que durante la pandemia habían resistido los ataques sistemáticos del gobernador Gildo Insfrán. La maniobra terminó en un papelón: el funcionario fue increpado en plena entrevista por varios reporteros, mientras Karina Milei ni siquiera dio la cara y se limitó a reunirse a puertas cerradas con el gabinete de Insfrán.
La maniobra tiene un propósito claro: deslegitimar a la prensa para blindar a los funcionarios más cuestionados. En este caso, su hermana, pieza clave del armado político y electoral, y eje de los audios que comprometen la transparencia de la gestión.
El presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, intentó reforzar esa narrativa con un libreto calcado: habló de “intento de desestabilización”, de “grabaciones ilegales” y de un “tren fantasma” que no soporta que el Gobierno avance contra privilegios. Pura épica defensiva que evita responder la pregunta central: ¿qué dicen los audios y qué revelan sobre el funcionamiento del poder?
Mientras Milei denuncia “espías disfrazados de periodistas”, lo que queda en evidencia es un Ejecutivo acorralado por sus propias internas, sus manejos opacos y la incapacidad de hacerse cargo de los hechos. El periodismo no está por encima de la ley, pero sí está —y debe estar— por encima de los intentos de censura y persecución de un gobierno que, cada vez que tropieza con la corrupción, prefiere disparar al mensajero antes que mirar al espejo.


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